sábado, noviembre 10, 2007
Diez mil millones de años
Quisiera perder la cabeza una sola vez, por unos instantes, acaso por un año … y por un amor imposible. Sentirme vivo una sola vez, y nunca más por diez mil millones de años. Un amor en donde baste el silencio. Una historia de miradas que produzcan cosquillas en la panza, de caricias en amanecer enredado en las sábanas; de desayunos radiantes y caritas de sueño; crepúsculos de caminatas en silencio con abrazos impúdicos, de esos que nos dejan con calor. Quiero el apremio interminable de tu presencia, y también quiero extrañarte; quiero sentirme amputado por dentro si por un segundo no estás. Quiero proclamarme el rey de tus abrazos, dictador de tu mirada y siervo absoluto de tu boca. Quiero protegerte de la sed de otros y rescatarte del desierto del desencanto. Te quisiera entre mis brazos, y que mientras te miro, te duermas sonriendo con el alma abierta, y que la resaca de tus caricias me dure por otros diez mil millones de años más.
martes, noviembre 06, 2007
La gran estafa
Desperté con un fuerte dolor de cabeza. Una pátina de luz blanca y brumosa entorpecía mi visión. Estaba recostado en algún tipo de mesa metálica. Intenté mover alguna parte de mi cuerpo, pero me era imposible. Algo suave como una sábana húmeda me cubría todo el cuerpo, arriba y abajo. Volví a dormirme. Cuando desperté, un anciano de barba blanca estaba despojándome de aquella cubierta húmeda y me sonreía con cierta benevolencia. “Bueno, ya está, ahora hay que guardarlo como el más preciado de los tesoros” dijo el viejo. Otra persona, vestida con capa y encajes, le preguntó: “¿realmente creerán que es el sudario original?”.
domingo, noviembre 04, 2007
Círculo de Lectores
“Ese libro es interminable” me dijo el viejo librero. “Mhm”, asentí yo, simulando haber entendido. Creo que aquél gesto de soberbia fue el que me condenó.
Lo compré junto con otros para disimular. El prólogo, una vez más, advertía: “Este libro es interminable”. Sentí aquella curiosidad irreverente del arqueólogo ante una nueva tumba recién descubierta. Me dediqué a la lectura de aquel libelo por décadas. El texto se repite una y otra vez, como una espiral infinita. Confío en que un arqueólogo más prudente me encuentre un día hecho un esqueleto, y no pose sus ojos en mi libro.
Lo compré junto con otros para disimular. El prólogo, una vez más, advertía: “Este libro es interminable”. Sentí aquella curiosidad irreverente del arqueólogo ante una nueva tumba recién descubierta. Me dediqué a la lectura de aquel libelo por décadas. El texto se repite una y otra vez, como una espiral infinita. Confío en que un arqueólogo más prudente me encuentre un día hecho un esqueleto, y no pose sus ojos en mi libro.
sábado, noviembre 03, 2007
La espera
Hace ya un par de meses que todas las noches, al bajar del subte, la veo. Está ahí, en la última estación, como esperando. Es joven y luce siempre bien vestida, con esa onda retro que la hace parecer de los ’80. Cuando los últimos pasajeros abrimos a mano las puertas de madera para descender, ella se para, mira con ansiedad y se vuelve a sentar con una mueca de resignación. Es la última estación y el último subte del día, ¿qué espera?. Un día, lo recuerdo bien, le pregunté: -hola, ¿te puedo ayudar en algo?...¿esperás a alguien?- “Sí, a vos” me dijo mirándome directamente a los ojos.
Se fue como uno más de los pasajeros. Yo quedé ahí, inmóvil, sentado, mudo.
Desde entonces veo pasar las formaciones una y otra vez. Perdí la cuenta de los días y de los años. La gente pasa y no me ve. Espero ansiosamente ese día en el que un pasajero me vea y me pregunte si me puede ayudar en algo.
Se fue como uno más de los pasajeros. Yo quedé ahí, inmóvil, sentado, mudo.
Desde entonces veo pasar las formaciones una y otra vez. Perdí la cuenta de los días y de los años. La gente pasa y no me ve. Espero ansiosamente ese día en el que un pasajero me vea y me pregunte si me puede ayudar en algo.
viernes, octubre 26, 2007
Nórdica
Quiero el invierno de guantes y bufandas,
mesas con amigos, vino y calor.
Quiero chocolate en la noche larga,
canto de walkyria guerrera
que cabalga por guerra y dolor.
Quiero las mañanas blancas de gente fría,
índigo glaciar en cielo agreste,
noche fría que consuela el alma
por los días de joven muerte.
Quiero tu azul de nórdico,
ésta es tu libertad:
fiordos, icebergs,
ojos grises,
sagas terribles
y guerreros del mar.
mesas con amigos, vino y calor.
Quiero chocolate en la noche larga,
canto de walkyria guerrera
que cabalga por guerra y dolor.
Quiero las mañanas blancas de gente fría,
índigo glaciar en cielo agreste,
noche fría que consuela el alma
por los días de joven muerte.
Quiero tu azul de nórdico,
ésta es tu libertad:
fiordos, icebergs,
ojos grises,
sagas terribles
y guerreros del mar.
Dadme almas
El cura director jamás dejaba entrar a nadie a su biblioteca. En el dintel de la puerta estaba el cuadro de Don Bosco y su lema: “Dadme almas, llevaos el resto”.
Nosotros no le hicimos caso: entramos furtivamente un 25 de Mayo, cuando todos estaban cantando el himno. Lo último que recuerdo es un pasillo interminable, abarrotado de libros y de esqueletos dispersos enfundados en guardapolvos escolares.
Nosotros no le hicimos caso: entramos furtivamente un 25 de Mayo, cuando todos estaban cantando el himno. Lo último que recuerdo es un pasillo interminable, abarrotado de libros y de esqueletos dispersos enfundados en guardapolvos escolares.
No lo lean
Supe de la existencia del papiro por Inés. Un sábado, me despertó llorando por el teléfono, vomitándome entre lágrimas que su marido se había suicidado.
Corrí hasta la casa de Ernesto. Su señora me abrió la puerta, llorosa y despeinada. Ernesto yacía en su escritorio, con la cabeza sobre la mesa y la mano aún sosteniendo la lapicera, que se detenía en la última frase que había legado, antes de matarse: “no lean el papiro”.
Corrí hasta la casa de Ernesto. Su señora me abrió la puerta, llorosa y despeinada. Ernesto yacía en su escritorio, con la cabeza sobre la mesa y la mano aún sosteniendo la lapicera, que se detenía en la última frase que había legado, antes de matarse: “no lean el papiro”.
lunes, octubre 22, 2007
Coincidencias
Un rey decreta que los sacrificios humanos para solicitar lluvias o benevolencia de los dioses era una barbaridad, y los prohibe. Al mismo tiempo, en su mismo reino, sacrifica a fuego lento y tortura a los que no piensan como él o a los que no profesan su religión. Hizo todo esto con la misma energía y celo.
Un sacerdote predica la humildad y habla de un dios vivo. En una mano blande el símbolo de su credo de vida: un hombre ensangrentado y clavado en un madero en forma de cruz. En la otra, los anillos refulgen como símbolo de su verdad. Millones lo siguen.
Un hincha de un deporte mundial grita fuera de sí: ¡qué grande mi tierra!. Mientras tanto, el nuevo dueño de la mitad de esas tierras piensa para sí, satisfecho: “qué grandes mis tierras”.
Un sacerdote predica la humildad y habla de un dios vivo. En una mano blande el símbolo de su credo de vida: un hombre ensangrentado y clavado en un madero en forma de cruz. En la otra, los anillos refulgen como símbolo de su verdad. Millones lo siguen.
Un hincha de un deporte mundial grita fuera de sí: ¡qué grande mi tierra!. Mientras tanto, el nuevo dueño de la mitad de esas tierras piensa para sí, satisfecho: “qué grandes mis tierras”.
sábado, octubre 20, 2007
La paradoja Camusiana
No he leído nada de Albert Camus, aunque por supuesto, oí de él. Hace poco dí con este artículo sobre su pensamiento y me sentí tan identificado con él, que quedé sorprendido, de sus palabras y de mi ignorancia.
...
"No hay más que un problema filosófico realmente serio: el suicidio". Con este disparo, Albert Camus (1913-1960) inicia su ensayo 'El mito de Sísifo', sin duda uno de los libros más influyentes de mediados del siglo XX. Si la vida no tiene sentido ni propósito, ¿para qué seguir viviendo?. Camus afirma que al suicidio siempre se lo trató como un problema social. Para él, era una cuestión existencial -la única que verdaderamente cuenta.
Un suicidio 'es preparado en el silencio del corazón del mismo modo que una gran obra de arte'. Morir a manos de uno mismo implica reconocer 'la falta de toda razón auténtica para vivir...y la futilidad del sufrimiento'. En ausencia de un dios o de un 'juez' divino, el ser humano se vuelve a la vez el acusado y su propio juez, y tiene el derecho de autocondenarse. Kierkegaard, Dostoievski, Kafka, Husserl y otros escritores que enfrentaron este absurdo, rechazaron la opción del suicidio y así de reconciliaron con lo irracional.
Según Camus, esto los fuerza a aceptar que el afán humano de comprensión será negado y que el hombre permanecerá en un estado permanente de humillación. En este punto Camus se vuelve crucial. Dice que no es mediante el suicidio como un ser humano se enfrenta con el absurdo, que hay que 'morir sin reconciliarse y no en forma voluntaria. El suicidio es una falta de comprensión. De hecho la vida consiste en mantener vivo el absurdo, y para eso básicamente hay que observarlo'. Vivir el absurdo significa, por sobre todo 'una falta total de esperanza (que no equivale a la desesperación), un rechazo permanente (que no equivale a la renuncia) y una insatisfacción consciente (que no es lo mismo que la ansiedad juvenil)'.
De ello se infiere esta aparente contradicción: 'La vida será vivida más plenamente en la medida que no tiene sentido'. La falta de esperanza libera al hombre de toda ilusión acerca del futuro, y entonces es capaza de 'vivir su aventura dentro de los límites de su tiempo de vida'.
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"No hay más que un problema filosófico realmente serio: el suicidio". Con este disparo, Albert Camus (1913-1960) inicia su ensayo 'El mito de Sísifo', sin duda uno de los libros más influyentes de mediados del siglo XX. Si la vida no tiene sentido ni propósito, ¿para qué seguir viviendo?. Camus afirma que al suicidio siempre se lo trató como un problema social. Para él, era una cuestión existencial -la única que verdaderamente cuenta.
Un suicidio 'es preparado en el silencio del corazón del mismo modo que una gran obra de arte'. Morir a manos de uno mismo implica reconocer 'la falta de toda razón auténtica para vivir...y la futilidad del sufrimiento'. En ausencia de un dios o de un 'juez' divino, el ser humano se vuelve a la vez el acusado y su propio juez, y tiene el derecho de autocondenarse. Kierkegaard, Dostoievski, Kafka, Husserl y otros escritores que enfrentaron este absurdo, rechazaron la opción del suicidio y así de reconciliaron con lo irracional.
Según Camus, esto los fuerza a aceptar que el afán humano de comprensión será negado y que el hombre permanecerá en un estado permanente de humillación. En este punto Camus se vuelve crucial. Dice que no es mediante el suicidio como un ser humano se enfrenta con el absurdo, que hay que 'morir sin reconciliarse y no en forma voluntaria. El suicidio es una falta de comprensión. De hecho la vida consiste en mantener vivo el absurdo, y para eso básicamente hay que observarlo'. Vivir el absurdo significa, por sobre todo 'una falta total de esperanza (que no equivale a la desesperación), un rechazo permanente (que no equivale a la renuncia) y una insatisfacción consciente (que no es lo mismo que la ansiedad juvenil)'.
De ello se infiere esta aparente contradicción: 'La vida será vivida más plenamente en la medida que no tiene sentido'. La falta de esperanza libera al hombre de toda ilusión acerca del futuro, y entonces es capaza de 'vivir su aventura dentro de los límites de su tiempo de vida'.
-David Zane Mairowitz
(adaptado de Camus para principiantes)
viernes, octubre 19, 2007
Diario Íntimo
Eduardo escrutaba el diario personal de su mujer con parsimonia. Hacía días que lo venía espiando. Cuando comenzó, sólo buscaba dos cosas, como todo hombre casado: qué decía ella de su sexo, y si le metía los cuernos.
Pero en aquellas páginas amarretas no aparecía nada de eso. Día tras día Elisa había ido anotando con precisión suiza todas las tareas de la casa. Tan simple y tan estúpido como eso. Eso, y la caligrafía, que se volvía cada día más errática e ininteligible.
El diario terminaba, obviamente, en la noche del día anterior. Eduardo sintió un escalofrío. Allí, con una letra desquiciada y totalmente desprovista de emotividad se podía leer: "20 gramos de cianuro en el arroz de Edu antes de servirlo.".
Pero en aquellas páginas amarretas no aparecía nada de eso. Día tras día Elisa había ido anotando con precisión suiza todas las tareas de la casa. Tan simple y tan estúpido como eso. Eso, y la caligrafía, que se volvía cada día más errática e ininteligible.
El diario terminaba, obviamente, en la noche del día anterior. Eduardo sintió un escalofrío. Allí, con una letra desquiciada y totalmente desprovista de emotividad se podía leer: "20 gramos de cianuro en el arroz de Edu antes de servirlo.".
lunes, octubre 15, 2007
miércoles, octubre 10, 2007
Al Andalus
Tan improbable es que exista el hipogrifo
como que alcancen su esperanza los amantes.
Mi relación con la belleza
es que soy uno de los que ha matado.
Los censores darían sus consejos si fuesen aceptados;
La espada de los ojos, ¡ay!, de Musa
a sus censuras se anticipa.
Quise aprender a curarme del amor
y me enseñaron sus ojos enfermedades y dolencias.
Oh tú por quien mis frases son todas de deseo:
"es posible", "ojalá",
y mis poemas son todos amorosos,
me prohíbes, despierto, que devuelva el saludo
y no me atrevo en sueños a molestarte con mis besos.
Ha vestido mi cuerpo el pálido color de la enfermedad,
que cambiaría si calmases mi sed
con el néctar de tus labios rojos.
Hacia ti se dirige mi deseo, que tú no sientes,
se han consumido ya las rimas, las lágrimas y mis recursos.
como que alcancen su esperanza los amantes.
Mi relación con la belleza
es que soy uno de los que ha matado.
Los censores darían sus consejos si fuesen aceptados;
La espada de los ojos, ¡ay!, de Musa
a sus censuras se anticipa.
Quise aprender a curarme del amor
y me enseñaron sus ojos enfermedades y dolencias.
Oh tú por quien mis frases son todas de deseo:
"es posible", "ojalá",
y mis poemas son todos amorosos,
me prohíbes, despierto, que devuelva el saludo
y no me atrevo en sueños a molestarte con mis besos.
Ha vestido mi cuerpo el pálido color de la enfermedad,
que cambiaría si calmases mi sed
con el néctar de tus labios rojos.
Hacia ti se dirige mi deseo, que tú no sientes,
se han consumido ya las rimas, las lágrimas y mis recursos.
Ibrahim Ben Sahl
domingo, septiembre 30, 2007
Locura del Mar
Hay en el sur, pero no tan al sur, una casa de verano.
Tiene las ventanas comidas por la sal,
manchas sonoras de recuerdos tristes,
días de arena, fantasías y libertad.
Hay en las arenas de aquel sur,
sombras de castillos para armar;
marcas de la vida, pasos, vueltas,
ilusión quebrada y sabor a sal.
Siento todavía el llamado del mar,
la noche lo apacigua y bebe de su sal.
Un grupo de pinos me vieron llorar,
ahora creo que me acurrucaron
y apaciguaron también mi sal.
Allá en el sur, pero no tan al sur,
hay una casa que presentí maldita.
Hay un mar de arena y un pinar guardián,
hubo ensoñaciones y un fuego secreto,
que desde las entrañas, quebró el viento
y detuvo el mar.
Allá en el sur, lo supe: te ví,
y ya no seríamos nunca jamás.
Locuras, sin duda, locuras,
del corazón, los pinos,
las arenas, y el mar.
Tiene las ventanas comidas por la sal,
manchas sonoras de recuerdos tristes,
días de arena, fantasías y libertad.
Hay en las arenas de aquel sur,
sombras de castillos para armar;
marcas de la vida, pasos, vueltas,
ilusión quebrada y sabor a sal.
Siento todavía el llamado del mar,
la noche lo apacigua y bebe de su sal.
Un grupo de pinos me vieron llorar,
ahora creo que me acurrucaron
y apaciguaron también mi sal.
Allá en el sur, pero no tan al sur,
hay una casa que presentí maldita.
Hay un mar de arena y un pinar guardián,
hubo ensoñaciones y un fuego secreto,
que desde las entrañas, quebró el viento
y detuvo el mar.
Allá en el sur, lo supe: te ví,
y ya no seríamos nunca jamás.
Locuras, sin duda, locuras,
del corazón, los pinos,
las arenas, y el mar.
sábado, septiembre 29, 2007
Equinoccio
El hombre común, de barrio, (esa raza malograda a la cual pertenecemos todos los urbanícolas del mundo) se habituó demasiado a la rutina del calendario como para distinguir las sutilezas de la vida y de la muerte que le rodean.
Cree, en su orgullo desmedido de posmodernidad cientificista, que la primavera en el sur comienza puntillosamente el 21 de septiembre. Ignora ostensiblemente lo que el antiguo, con su sabiduría milenaria producto de incontables siglos de observación cuidadosa, tenía por seguro.
Detrás de nuestro calendario, de nuestros nombres y festejos plenos de arrebatos consumistas, discurre, como una corriente arcana, toda nuestra herencia humana. Del lenguaje materno que nos habilita, aquí en los confines del sur y del oeste a hablar con sutilezas impensadas para cualquier anglosajón, nos viene el séptimo mes, que para nosotros ocupa el noveno del calendario.
De la inclinación del eje Norte-Sur (sin alegorías tercermundistas) de la tierra surgen las estaciones, ya conocidas por los egipcios hace más de tres mil años, pero que para ellos eran tres: se comprende, su mundo, mucho más perfecto que el nuestro, estaba regido no tanto por el sol sino por el Nilo.
Aquella inclinación terrestre matiza el movimiento de la vida en el planeta y alterna las estaciones en un ciclo que el hombre moderno cree haber superado pero que a juzgar por su manejo de los asuntos ecológicos más se asemeja a una supresión que a una superación dialéctica.
La comprensión íntima del ciclo natural se nos revela aún más -aunque sutilmente- en las enseñanzas del oriente. Las fuerzas yin y yang nos hablan de que el origen y el fin de todo son extremos que se tocan. Así como en los días en que comienza el verano, el sol empieza a retrasar su salida y a apurar su puesta, cuando la vida parece resurgir, el día y la noche se equilibran en el Eqvi Noctvm, en la noche que es igual que el día.
Por eso el año de los antiguos comenzaba en la primavera, cuando confluian en renovación, el ciclo natural de la vida del mundo y del hombre, después de la siembra y de la cosecha.
Cree, en su orgullo desmedido de posmodernidad cientificista, que la primavera en el sur comienza puntillosamente el 21 de septiembre. Ignora ostensiblemente lo que el antiguo, con su sabiduría milenaria producto de incontables siglos de observación cuidadosa, tenía por seguro.
Detrás de nuestro calendario, de nuestros nombres y festejos plenos de arrebatos consumistas, discurre, como una corriente arcana, toda nuestra herencia humana. Del lenguaje materno que nos habilita, aquí en los confines del sur y del oeste a hablar con sutilezas impensadas para cualquier anglosajón, nos viene el séptimo mes, que para nosotros ocupa el noveno del calendario.
De la inclinación del eje Norte-Sur (sin alegorías tercermundistas) de la tierra surgen las estaciones, ya conocidas por los egipcios hace más de tres mil años, pero que para ellos eran tres: se comprende, su mundo, mucho más perfecto que el nuestro, estaba regido no tanto por el sol sino por el Nilo.
Aquella inclinación terrestre matiza el movimiento de la vida en el planeta y alterna las estaciones en un ciclo que el hombre moderno cree haber superado pero que a juzgar por su manejo de los asuntos ecológicos más se asemeja a una supresión que a una superación dialéctica.
La comprensión íntima del ciclo natural se nos revela aún más -aunque sutilmente- en las enseñanzas del oriente. Las fuerzas yin y yang nos hablan de que el origen y el fin de todo son extremos que se tocan. Así como en los días en que comienza el verano, el sol empieza a retrasar su salida y a apurar su puesta, cuando la vida parece resurgir, el día y la noche se equilibran en el Eqvi Noctvm, en la noche que es igual que el día.
Por eso el año de los antiguos comenzaba en la primavera, cuando confluian en renovación, el ciclo natural de la vida del mundo y del hombre, después de la siembra y de la cosecha.
miércoles, septiembre 12, 2007
El hombre que ya no cree
Yo creía en el crucificado y en sus apócrifos seguidores. Supe muy pronto de la duda que carcome y de las respuestas ausentes. De incoherencias que arrecian y barren una fe tímida.
Al marcar el sendero de mi recorrido, me sacié de muchos dogmas. Todos me regalaron instantes de certezas a precio vil. Todos tenían la marca de la desesperación. El hombre está solo, me repetí, y yo soy parte de esa humanidad para compartir sus miserias. Quisiera, a veces, compartir también sus placeres. Aunque más no sea perder la cabeza por ese amor imposible, una noche en la montaña lejana de Cuyo.
Yo creía en la predestinación, pero con menos certeza que Calvino. Por aquella funesta predestinación me he quedado más solo aún. Por desterrar todos los artilugios de la mente supersticiosa, por negar un espacio a la esperanza, he sido interdicto. Deambulo por la tortuosa ruta del tibio, ni positivista ni crédulo.
Soy el hombre que ya no cree y sin embargo, no se marcha, en la persistencia de la vida.
Al marcar el sendero de mi recorrido, me sacié de muchos dogmas. Todos me regalaron instantes de certezas a precio vil. Todos tenían la marca de la desesperación. El hombre está solo, me repetí, y yo soy parte de esa humanidad para compartir sus miserias. Quisiera, a veces, compartir también sus placeres. Aunque más no sea perder la cabeza por ese amor imposible, una noche en la montaña lejana de Cuyo.
Yo creía en la predestinación, pero con menos certeza que Calvino. Por aquella funesta predestinación me he quedado más solo aún. Por desterrar todos los artilugios de la mente supersticiosa, por negar un espacio a la esperanza, he sido interdicto. Deambulo por la tortuosa ruta del tibio, ni positivista ni crédulo.
Soy el hombre que ya no cree y sin embargo, no se marcha, en la persistencia de la vida.
domingo, agosto 12, 2007
Los Wik Wan
El anciano tosió de manera solemne para llamar la atención. Durante unos segundos la noche de invierno enmudeció junto con la tribu. Sólo el fuego en torno al cual los Ne’wam se apiñaban, alegres, se animó a crepitar en presencia del viejo Unúh.
Todos, grandes y chicos, esperaban ese momento. Unúh era viejo entre los ancianos y ya nadie podía llevar la cuenta de los inviernos que cargaba a cuestas. Ni siquiera Kilé, hijo de Walú, el que con una mirada sabía rápidamente cuántas nanas había pastando en la pradera.
-Ahora- dijo Unúh, -voy a hablar del otro tiempo. De cuando los Ne’wam no éramos ni siquiera uno o dos. Porque hubo un tiempo en el que la tierra era otra. Donde hoy yace el bosque con el arroyo que canta, antes había un mar de arena. Allí donde hoy pastan los nanas y Wepwe caza los jachíes de plumas doradas, una montaña más alta que el Kennaui tocaba las nubes del cielo.
Toda la tierra estaba llena de otros animales, de otras aves y de otros peces. Los ruidos del bosque, eran otros ruidos y los de la pradera, sonaban distintos también. No había nieve ni inviernos, y el hermano Nuie’ calentaba la tierra siempre con la fuerza del verano.
No había ningún Ne’wam. Ni ninguna ciudad Saggiga ni lenguas Upanishim, ni ningún hombre o mujer que caminara con dos piernas o que cantara dando gracias a la estrella del atardecer. Los animales eran libres en el aire, la tierra y las aguas, pues nadie los encerraba en corrales o los mataba con flechas. Era extraño el mundo del otro tiempo, porque nadie contaba los ciclos o las cosechas, porque no había cosechas…-
Unúh hizo silencio. Miraba el fuego y mientras dio dos pitadas a su pipa, tomó aire, como si lo que fuera a relatar a continuación lo entristeciera.
-Había entre los animales, una raza que se destacaba entre las demás. Nosotros los llamamos Wik Wan, pero nadie sabe cómo se llamaban en verdad. Tenían el cuerpo cubierto de pelaje rojo, como el de la liebre en el verano. Tenían cola larga con anillos blancos como los Itupìes y aunque la mayor parte del tiempo deambulaban en cuatro patas, habían aprendido a pararse, y sus manos, armadas con garras, podían asir cosas como los hombres. Vivían también en tribus, como todos los Ne’wam y como los Saggiga, (que ahora han resuelto reunirse en ciudades de piedra).
Los Wik Wan no emitían sonidos como los hombres, ni se comunicaban como los demás animales. Hablaban entre ellos en silencio, por eso ningún otro animal se les igualaba en astucia. En un principio, eran víctimas de Karek, el gran lagarto, que los cazaba de a montones con su gran boca de muchos dientes. Pero los Wik Wan crecieron en inteligencia y sabiduría, y hablando entre ellos, aprendieron a evitar a los Karek y a todos los que los molestaban. Vivían en los árboles del Gran Bosque, que por entonces cubría como una alfombra los límites de la tierra.
Tenían tres ojos: dos en el mismo lugar que todos los hombres, en la cara, y un tercero más en la frente. Su mirada hablaba, pero sólo ellos podían escuchar esas palabras de silencio. Y los Wik Wan se hicieron fuertes, inteligentes y numerosos entre los demás animales.
Y transcurrió un buen tiempo. ¿Que cuánto tiempo?. Nadie puede saberlo. ¿Cuánto dura un atardecer?; ¿cuánto se demora la tormenta?. Sólo diré que al cabo de un tiempo, Los Wik Wan cambiaban la tierra. Moldeaban los árboles de su bosque para hacer madrigueras más cómodas, juntaban ramas y con ellas cruzaban arroyos y ríos sin necesidad de nadar. Sus mujeres podían parir en cualquier momento y los machos se juntaban y cazaban en grupos, ayudándose con piedras y ramas. Y aunque no tenían arcos ni lanzas ni espadas, emboscaban presas grandes hablándose entre ellos con sus miradas silenciosas.
Entonces, un día, miraron al cielo. Descubrieron las luces de la Cúpula, al hermano Nuie’ y a la blanca Newá. Y un día, en el crepúsculo del bosque, los animales escucharon por primera vez un sonido como nunca antes habían oído. Eran los Wik Wan que emitían un canto al cielo. Todos al unísono elevaban sus miradas y saludaban a la estrella de la tarde. Y todo el bosque brillaba durante unos instantes por la magia serena de aquéllas voces. Sólo cuando saludaban a la estrella cantaban los Wik Wan. Y todos los animales callaban cuando los Wik Wan elevaban su melodía. Y todos se amansaban porque los sonidos eran dulces y armoniosos y llegaban hasta los dioses.
Otro tiempo transcurrió en el mundo. Los ríos cambiaron su curso. Las planicies se elevaron y se hicieron montañas, y los mares se secaron. Muchos animales dejaron de vivir. Otros se empequeñecieron y los que quedan de ellos no son más que una sombra de lo que fueron. Una gran piedra cayó del cielo. Nadie sabe si fueron los dioses los que la arrojaron, pero la piedra terminó de cambiarlo todo. Toda la estirpe de los Karek pereció. El Gran Bosque de los Wik Wan se secó y se redujo, y todos debieron migrar hacia el sur. Las tierras se dividieron y el gran mar separó para siempre a los Wik Wan, quienes habían vivido siempre juntos.
Entonces, apareció el hombre. Primero, unos pocos errantes. Andaban en dos patas, y por ello las manos del hombre muy pronto se transformaron y dejaron de parecerse a sus pies. Los hombres tenían dos ojos, no tres. Y hablaban entre ellos con ruidos que espantaban a todos los animales. Los Wik Wan descubrieron a los hombres y miraron con sus tres ojos las mentes y los corazones de aquellos. Y los vieron parecidos a sí mismos. Pero los hombres eran como niños: no sabían usar sus manos, no conocían el arte de mirar al cielo ni de hablarse en silencio. Y los Wik Wan, que eran más fuertes, antiguos y sabios, los ayudaron. Los hombres no tenían mucho pelo. Los Wik Wan les tejieron abrigos. Los hombres no sabían guarecerse de la lluvia ni construir madrigueras en los árboles. Los Wik Wan les construyeron chozas. Por último, les enseñaron a cantar mirando a la estrella de la tarde. Dicen que los Wik Wan les dijeron a aquéllos primeros hombres, que todos los seres provenían de aquella estrella. Pero no se lo dijeron con sonidos de hombres, sino con voces dentro de sus cabezas.
Y fue así que un día los hombres comenzaron a temer a los Wik Wan. Porque éstos podían saber lo que los hombres pensaban, pero los hombres nunca sabían lo que conversaban los Wik Wan entre ellos. Los hombres querían que los Wik Wan vinieran a vivir con ellos en las planicies y en las chozas. Pero los Wik Wan no deseaban abandonar sus bosques ni entrometerse en los asuntos de los hombres.
Los hombres comenzaron a odiar a los Wik Wan, por su sabiduría. Y todo lo que habían aprendido de ellos, lo emplearon para hacerse más poderosos y para la guerra. Primero, cazaron más animales de los que podían comer, y los guardaron. Y crearon armas con las cuales se mataban entre ellos por la comida guardada o por tierras para cazar. Y dejaron de hablar con los Wik Wan y de visitarse mutuamente. Los Wik Wan ya no merodearon por las aldeas de los hombres, y éstos no entraron más a los bosques.
Pero todas las tardes, los hombres oían el canto de los Wik Wan. Y sabían que allí estaban aquellos seres que les habían enseñado a vivir y a cantar, seres que sabían lo que ellos pensaban. Y les temieron y los odiaron aún más.
Un día, los hombres descubrieron cómo hacer nacer fuego a voluntad. Y descubrieron que ningún otro animal podía enfrentarse a ese poder. Con el fuego podían cazar de noche y asustar incluso a Tenyu, el oso. Y los Wik Wan vieron lo que pensaban los hombres. Y por primera vez en muchas generaciones, tuvieron miedo.
Una tarde, mientras los Wik Wan cantaban a la estrella, los hombres se armaron de valor y con antorchas, entraron en el bosque sagrado. Y con el fuego, quemaron todos los árboles y las madrigueras de los Wik Wan. El bosque ardió con furia y con tristeza, y el crepitar de las llamas acalló el canto de la tarde. La estrella quedó sola y en silencio, y el Gran Bosque se redujo a cenizas.
Los hombres cantaron aquella noche su victoria. Celebraron su poder y trazaron planes para conquistar otros bosques, y otras praderas, y hasta las montañas querían escalar.
Al atardecer del segundo día luego de la matanza, el silencio reinaba en toda la tierra. No se escuchaba ni el rumor del arroyo, ni la risa del viento con las hojas de los árboles. Ni el canto de los Wik Wan. Los hombres se reunieron alrededor de sus fuegos y temieron el silencio. Nadie se atrevió a cantar. Y cuando vieron la estrella de los Wik Wan asomar por el horizonte, temblaron con pavor, porque el silencio en la tierra les recordaba la muerte y la estrella crecía y crecía en el horizonte y todos temían ser abrasados por su fulgor.
Y entre todos discutieron y lloraron por haber matado a los Wik Wan y por haber destruido el bosque. Esperaron aterrados que la estrella de la tarde los aniquilara a todos en castigo por su maldad.
Con sigilo, se reunieron alrededor de sus fuegos y rogaron a la estrella que los perdonara y que no los quemara como ellos habían quemado a los Wik Wan. Y cuando el llanto de los hombres fue tanto que apagó los fuegos, la estrella volvió a su lugar. Y en la tierra, todos los animales que habían conocido a los Wik Wan, se pusieron a cantar, para honrar al pueblo del bosque y para recordarle al hombre que éste no era sino uno más entre los que vivían en la tierra. Y así cantaron, a su modo, las ranas. Y los lobos aullaron. Y los pájaros se reunieron en árboles y cantaron todos juntos a la estrella Wik Wan. Y los grillos siguieron cantando aún durante la noche. Al amanecer siguiente, otros pájaros cantaron al ver al hermano Nuie’. Y los hombres despertaron de su temor y vieron asombrados en el cielo, otra estrella, igual a la de la tarde, como la de los Wik Wan. Y supieron que habían sido perdonados.
Desde entonces, todos los hombres de buena voluntad cantamos y rezamos en el crepúsculo y en el amanecer, agradeciendo por un nuevo día que llega, y, sobre todo, para que a la noche la estrella de los Wik Wan nos perdone.
Todos, grandes y chicos, esperaban ese momento. Unúh era viejo entre los ancianos y ya nadie podía llevar la cuenta de los inviernos que cargaba a cuestas. Ni siquiera Kilé, hijo de Walú, el que con una mirada sabía rápidamente cuántas nanas había pastando en la pradera.
-Ahora- dijo Unúh, -voy a hablar del otro tiempo. De cuando los Ne’wam no éramos ni siquiera uno o dos. Porque hubo un tiempo en el que la tierra era otra. Donde hoy yace el bosque con el arroyo que canta, antes había un mar de arena. Allí donde hoy pastan los nanas y Wepwe caza los jachíes de plumas doradas, una montaña más alta que el Kennaui tocaba las nubes del cielo.
Toda la tierra estaba llena de otros animales, de otras aves y de otros peces. Los ruidos del bosque, eran otros ruidos y los de la pradera, sonaban distintos también. No había nieve ni inviernos, y el hermano Nuie’ calentaba la tierra siempre con la fuerza del verano.
No había ningún Ne’wam. Ni ninguna ciudad Saggiga ni lenguas Upanishim, ni ningún hombre o mujer que caminara con dos piernas o que cantara dando gracias a la estrella del atardecer. Los animales eran libres en el aire, la tierra y las aguas, pues nadie los encerraba en corrales o los mataba con flechas. Era extraño el mundo del otro tiempo, porque nadie contaba los ciclos o las cosechas, porque no había cosechas…-
Unúh hizo silencio. Miraba el fuego y mientras dio dos pitadas a su pipa, tomó aire, como si lo que fuera a relatar a continuación lo entristeciera.
-Había entre los animales, una raza que se destacaba entre las demás. Nosotros los llamamos Wik Wan, pero nadie sabe cómo se llamaban en verdad. Tenían el cuerpo cubierto de pelaje rojo, como el de la liebre en el verano. Tenían cola larga con anillos blancos como los Itupìes y aunque la mayor parte del tiempo deambulaban en cuatro patas, habían aprendido a pararse, y sus manos, armadas con garras, podían asir cosas como los hombres. Vivían también en tribus, como todos los Ne’wam y como los Saggiga, (que ahora han resuelto reunirse en ciudades de piedra).
Los Wik Wan no emitían sonidos como los hombres, ni se comunicaban como los demás animales. Hablaban entre ellos en silencio, por eso ningún otro animal se les igualaba en astucia. En un principio, eran víctimas de Karek, el gran lagarto, que los cazaba de a montones con su gran boca de muchos dientes. Pero los Wik Wan crecieron en inteligencia y sabiduría, y hablando entre ellos, aprendieron a evitar a los Karek y a todos los que los molestaban. Vivían en los árboles del Gran Bosque, que por entonces cubría como una alfombra los límites de la tierra.
Tenían tres ojos: dos en el mismo lugar que todos los hombres, en la cara, y un tercero más en la frente. Su mirada hablaba, pero sólo ellos podían escuchar esas palabras de silencio. Y los Wik Wan se hicieron fuertes, inteligentes y numerosos entre los demás animales.
Y transcurrió un buen tiempo. ¿Que cuánto tiempo?. Nadie puede saberlo. ¿Cuánto dura un atardecer?; ¿cuánto se demora la tormenta?. Sólo diré que al cabo de un tiempo, Los Wik Wan cambiaban la tierra. Moldeaban los árboles de su bosque para hacer madrigueras más cómodas, juntaban ramas y con ellas cruzaban arroyos y ríos sin necesidad de nadar. Sus mujeres podían parir en cualquier momento y los machos se juntaban y cazaban en grupos, ayudándose con piedras y ramas. Y aunque no tenían arcos ni lanzas ni espadas, emboscaban presas grandes hablándose entre ellos con sus miradas silenciosas.
Entonces, un día, miraron al cielo. Descubrieron las luces de la Cúpula, al hermano Nuie’ y a la blanca Newá. Y un día, en el crepúsculo del bosque, los animales escucharon por primera vez un sonido como nunca antes habían oído. Eran los Wik Wan que emitían un canto al cielo. Todos al unísono elevaban sus miradas y saludaban a la estrella de la tarde. Y todo el bosque brillaba durante unos instantes por la magia serena de aquéllas voces. Sólo cuando saludaban a la estrella cantaban los Wik Wan. Y todos los animales callaban cuando los Wik Wan elevaban su melodía. Y todos se amansaban porque los sonidos eran dulces y armoniosos y llegaban hasta los dioses.
Otro tiempo transcurrió en el mundo. Los ríos cambiaron su curso. Las planicies se elevaron y se hicieron montañas, y los mares se secaron. Muchos animales dejaron de vivir. Otros se empequeñecieron y los que quedan de ellos no son más que una sombra de lo que fueron. Una gran piedra cayó del cielo. Nadie sabe si fueron los dioses los que la arrojaron, pero la piedra terminó de cambiarlo todo. Toda la estirpe de los Karek pereció. El Gran Bosque de los Wik Wan se secó y se redujo, y todos debieron migrar hacia el sur. Las tierras se dividieron y el gran mar separó para siempre a los Wik Wan, quienes habían vivido siempre juntos.
Entonces, apareció el hombre. Primero, unos pocos errantes. Andaban en dos patas, y por ello las manos del hombre muy pronto se transformaron y dejaron de parecerse a sus pies. Los hombres tenían dos ojos, no tres. Y hablaban entre ellos con ruidos que espantaban a todos los animales. Los Wik Wan descubrieron a los hombres y miraron con sus tres ojos las mentes y los corazones de aquellos. Y los vieron parecidos a sí mismos. Pero los hombres eran como niños: no sabían usar sus manos, no conocían el arte de mirar al cielo ni de hablarse en silencio. Y los Wik Wan, que eran más fuertes, antiguos y sabios, los ayudaron. Los hombres no tenían mucho pelo. Los Wik Wan les tejieron abrigos. Los hombres no sabían guarecerse de la lluvia ni construir madrigueras en los árboles. Los Wik Wan les construyeron chozas. Por último, les enseñaron a cantar mirando a la estrella de la tarde. Dicen que los Wik Wan les dijeron a aquéllos primeros hombres, que todos los seres provenían de aquella estrella. Pero no se lo dijeron con sonidos de hombres, sino con voces dentro de sus cabezas.
Y fue así que un día los hombres comenzaron a temer a los Wik Wan. Porque éstos podían saber lo que los hombres pensaban, pero los hombres nunca sabían lo que conversaban los Wik Wan entre ellos. Los hombres querían que los Wik Wan vinieran a vivir con ellos en las planicies y en las chozas. Pero los Wik Wan no deseaban abandonar sus bosques ni entrometerse en los asuntos de los hombres.
Los hombres comenzaron a odiar a los Wik Wan, por su sabiduría. Y todo lo que habían aprendido de ellos, lo emplearon para hacerse más poderosos y para la guerra. Primero, cazaron más animales de los que podían comer, y los guardaron. Y crearon armas con las cuales se mataban entre ellos por la comida guardada o por tierras para cazar. Y dejaron de hablar con los Wik Wan y de visitarse mutuamente. Los Wik Wan ya no merodearon por las aldeas de los hombres, y éstos no entraron más a los bosques.
Pero todas las tardes, los hombres oían el canto de los Wik Wan. Y sabían que allí estaban aquellos seres que les habían enseñado a vivir y a cantar, seres que sabían lo que ellos pensaban. Y les temieron y los odiaron aún más.
Un día, los hombres descubrieron cómo hacer nacer fuego a voluntad. Y descubrieron que ningún otro animal podía enfrentarse a ese poder. Con el fuego podían cazar de noche y asustar incluso a Tenyu, el oso. Y los Wik Wan vieron lo que pensaban los hombres. Y por primera vez en muchas generaciones, tuvieron miedo.
Una tarde, mientras los Wik Wan cantaban a la estrella, los hombres se armaron de valor y con antorchas, entraron en el bosque sagrado. Y con el fuego, quemaron todos los árboles y las madrigueras de los Wik Wan. El bosque ardió con furia y con tristeza, y el crepitar de las llamas acalló el canto de la tarde. La estrella quedó sola y en silencio, y el Gran Bosque se redujo a cenizas.
Los hombres cantaron aquella noche su victoria. Celebraron su poder y trazaron planes para conquistar otros bosques, y otras praderas, y hasta las montañas querían escalar.
Al atardecer del segundo día luego de la matanza, el silencio reinaba en toda la tierra. No se escuchaba ni el rumor del arroyo, ni la risa del viento con las hojas de los árboles. Ni el canto de los Wik Wan. Los hombres se reunieron alrededor de sus fuegos y temieron el silencio. Nadie se atrevió a cantar. Y cuando vieron la estrella de los Wik Wan asomar por el horizonte, temblaron con pavor, porque el silencio en la tierra les recordaba la muerte y la estrella crecía y crecía en el horizonte y todos temían ser abrasados por su fulgor.
Y entre todos discutieron y lloraron por haber matado a los Wik Wan y por haber destruido el bosque. Esperaron aterrados que la estrella de la tarde los aniquilara a todos en castigo por su maldad.
Con sigilo, se reunieron alrededor de sus fuegos y rogaron a la estrella que los perdonara y que no los quemara como ellos habían quemado a los Wik Wan. Y cuando el llanto de los hombres fue tanto que apagó los fuegos, la estrella volvió a su lugar. Y en la tierra, todos los animales que habían conocido a los Wik Wan, se pusieron a cantar, para honrar al pueblo del bosque y para recordarle al hombre que éste no era sino uno más entre los que vivían en la tierra. Y así cantaron, a su modo, las ranas. Y los lobos aullaron. Y los pájaros se reunieron en árboles y cantaron todos juntos a la estrella Wik Wan. Y los grillos siguieron cantando aún durante la noche. Al amanecer siguiente, otros pájaros cantaron al ver al hermano Nuie’. Y los hombres despertaron de su temor y vieron asombrados en el cielo, otra estrella, igual a la de la tarde, como la de los Wik Wan. Y supieron que habían sido perdonados.
Desde entonces, todos los hombres de buena voluntad cantamos y rezamos en el crepúsculo y en el amanecer, agradeciendo por un nuevo día que llega, y, sobre todo, para que a la noche la estrella de los Wik Wan nos perdone.
domingo, julio 29, 2007
No sólo el tiempo de la vida se me escapa, sino también sus sensaciones.
Como aquélla fatídica pestilencia que nublaba la vida de la familia Usher, esa que impedía sentir, así mi vida se apaga de a poco, vacía de sensaciones vitales.
Una sonrisa correspondida, una palma de afecto, alguien que me mire a los ojos y me diga que me necesita, que formo parte de su vida y de su corazón.
Nada.
Y ¿qué vale un amanecer cuando no hay fuego adentro?.
¿Qué es la amistad si el corazón ya no puede compartir nada?.
¿Cuál será la definición de la alegría?.
Felicidad es sinónimo de tristeza, cuando no se puede compartir.
Como aquélla fatídica pestilencia que nublaba la vida de la familia Usher, esa que impedía sentir, así mi vida se apaga de a poco, vacía de sensaciones vitales.
Una sonrisa correspondida, una palma de afecto, alguien que me mire a los ojos y me diga que me necesita, que formo parte de su vida y de su corazón.
Nada.
Y ¿qué vale un amanecer cuando no hay fuego adentro?.
¿Qué es la amistad si el corazón ya no puede compartir nada?.
¿Cuál será la definición de la alegría?.
Felicidad es sinónimo de tristeza, cuando no se puede compartir.
miércoles, julio 18, 2007
Creer o no creer
Hace poco un amigo me increpaba porque según él, yo "no creía en nada, excepto en lo que leía".
Claro que la frase no está exenta de ironía: si fuera cierta, entonces el problema no residiría en que yo no crea en nada, sino en que creo en lo que leen mis ojos, ya sea la biblia, el corán o el Tratado de la desesperación de Kierkegaard (que nunca leí, pero que ahora pienso que por el título acaso me parecerá interesante).
En verdad, mi amigo, a quien por respeto llamaremos Z, quiso endilgarme el defecto de la obstinación que sobre ciertos temas manifiesto, antes que enrostrarme el escepticismo que también me caracteriza, aunque esta última faceta no me parezca un defecto sino más bien una virtud.
Sí, soy muy escéptico, más aún que el argentino promedio. Muchos -aparte de Z- confunden mi escepticismo con pesimismo. Sólo puedo decir en mi defensa que para mí un pesimista es en verdad un realista convencido.
Hubo una época en la que creí firmemente en el dios de los cristianos al modo católico. Las dudas fueron oxidando las bases de dicha fe. Seguí cargando esas dudas durante mucho tiempo, aunque, a medida que iba leyendo y preguntando me parecía cada vez más inverosímil, cuando no pueril, el mito del crucificado, su dios y todos los profetas.
Ahora ya no puedo creer en ellos. Si el supuesto profeta Joseph Smith inventó una biblia propia para su norteamérica querida, ¿por qué las epístolas de Pablo no podrían ser una falsificación peor?.
Cuanto más leo, más inverosímil se me antoja la tradición de los pueblos del libro. Judíos, cristianos y mahometanos son cuando menos resabios del medioevo. Lo que antes era un dogma impenetrable, hoy es una graciosa mentira cuya falsedad me parece tan evidente que no puedo creer la cantidad de gente que aún profesa algún tipo de fe basada en esos mamotretos espurios.
No me molestan sus creencias, sino más bien el ciego empeño con el cual muchos de ellos insisten en desperdiciar sus vidas y las de los demás.
Claro que la frase no está exenta de ironía: si fuera cierta, entonces el problema no residiría en que yo no crea en nada, sino en que creo en lo que leen mis ojos, ya sea la biblia, el corán o el Tratado de la desesperación de Kierkegaard (que nunca leí, pero que ahora pienso que por el título acaso me parecerá interesante).
En verdad, mi amigo, a quien por respeto llamaremos Z, quiso endilgarme el defecto de la obstinación que sobre ciertos temas manifiesto, antes que enrostrarme el escepticismo que también me caracteriza, aunque esta última faceta no me parezca un defecto sino más bien una virtud.
Sí, soy muy escéptico, más aún que el argentino promedio. Muchos -aparte de Z- confunden mi escepticismo con pesimismo. Sólo puedo decir en mi defensa que para mí un pesimista es en verdad un realista convencido.
Hubo una época en la que creí firmemente en el dios de los cristianos al modo católico. Las dudas fueron oxidando las bases de dicha fe. Seguí cargando esas dudas durante mucho tiempo, aunque, a medida que iba leyendo y preguntando me parecía cada vez más inverosímil, cuando no pueril, el mito del crucificado, su dios y todos los profetas.
Ahora ya no puedo creer en ellos. Si el supuesto profeta Joseph Smith inventó una biblia propia para su norteamérica querida, ¿por qué las epístolas de Pablo no podrían ser una falsificación peor?.
Cuanto más leo, más inverosímil se me antoja la tradición de los pueblos del libro. Judíos, cristianos y mahometanos son cuando menos resabios del medioevo. Lo que antes era un dogma impenetrable, hoy es una graciosa mentira cuya falsedad me parece tan evidente que no puedo creer la cantidad de gente que aún profesa algún tipo de fe basada en esos mamotretos espurios.
No me molestan sus creencias, sino más bien el ciego empeño con el cual muchos de ellos insisten en desperdiciar sus vidas y las de los demás.
lunes, julio 09, 2007
The Wanderer
So it came to pass
I 've been lost
through dusty roads I flied
looking for The Wanderer
across empty seas I've sailed
searching through the mist of nonsense.
He came, he went,
and in the twinkle of an eye
left me empty handed.
Now it only remains
me and the blame.
The Wanderer never says when
farewell my love, go go away,
maybe I'll find you again
maybe I might have the chance
to feel life in my veins.
Vanishing light
departed love,
I see through the horizon
of my entangled mind
Wanderer, come back,
the last hope of my heart
I search for you
relentless,
since it has all begun.
Before it ends,
let there be a chance
for me to face the starry sky
and smile and ride
before it all ends,
Wanderer of the heart,
come back.
I 've been lost
through dusty roads I flied
looking for The Wanderer
across empty seas I've sailed
searching through the mist of nonsense.
He came, he went,
and in the twinkle of an eye
left me empty handed.
Now it only remains
me and the blame.
The Wanderer never says when
farewell my love, go go away,
maybe I'll find you again
maybe I might have the chance
to feel life in my veins.
Vanishing light
departed love,
I see through the horizon
of my entangled mind
Wanderer, come back,
the last hope of my heart
I search for you
relentless,
since it has all begun.
Before it ends,
let there be a chance
for me to face the starry sky
and smile and ride
before it all ends,
Wanderer of the heart,
come back.
miércoles, julio 04, 2007
Lo imperdonable
La noche me abandona. Me entrega
al alba que me exige un día más;
indiferente a todo, me fatigo por el horizonte
de amarguras y de atroz realidad.
Busco un destino ajeno a mi convicción de fatalidad
busco un sentido a la vida que sigue en mí latiendo
muy a mi pesar.
He practicado, incansable, las innúmeras formas
del no estar. Felicidad es encontrarse
en las maneras de la realidad: se puede odiar,
amar, matar o engendrar: por cualquiera de ellas
se animan los hombres.
Yo subvertí la razón del vivir:
lo que el cielo no me perdonará jamás
es la insolencia del no sentir, del ya no amar.
al alba que me exige un día más;
indiferente a todo, me fatigo por el horizonte
de amarguras y de atroz realidad.
Busco un destino ajeno a mi convicción de fatalidad
busco un sentido a la vida que sigue en mí latiendo
muy a mi pesar.
He practicado, incansable, las innúmeras formas
del no estar. Felicidad es encontrarse
en las maneras de la realidad: se puede odiar,
amar, matar o engendrar: por cualquiera de ellas
se animan los hombres.
Yo subvertí la razón del vivir:
lo que el cielo no me perdonará jamás
es la insolencia del no sentir, del ya no amar.
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