lunes, junio 25, 2007

Somos

Somos desheredados de esperanza al nacer. Amontonamos penurias en doblefondos de la memoria para poder deambular con el alma fría de hogares vacíos, con harapos de ilusiones, cumpleaños y navidades.

En la frente cargamos el estigma de las miserias acumuladas. El rostro mira, cansado de llorar. Los puños abren surcos de experiencia que se atesoran en las grietas de la piel. En las cicatrices del camino trazamos el mapa de nuestra existencia marginal, limítrofe. Hastiados de mirar la vida que les pasa a los demás, seguimos adelante por puro orgullo, para desafiar al azar y arrancarle un don, un oficio, una oportunidad al egoísmo intrínseco de la fortuna.

Somos los ellos, los que jamás serán modelo de consumismo bulímico. Somos los descarriados, los excluídos, la gran mayoría, silenciosa e inconmensurable que aún busca no despertar del sopor de su irrealidad. Somos los que enseñamos, los que cocinamos, los que dejamos la vida por un escritorio, una casa o una carrera. Somos los que internalizamos el destino obsceno de la marginalidad. Somos los que cuidamos perros, manejamos máquinas, servimos comida, limpiamos y planchamos. Somos los que preferimos, a pesar de todo, sentir antes que aparentar, afirmar antes que conspirar, comprender antes que exigir. Los que meditamos en la amistad antes que en la ecuación del lucro cesante. Los que añoramos las tardes de mate y amistad.

Somos, a pesar de todo, aunque no podamos verlo aún, el futuro. Y estamos llegando.

sábado, junio 23, 2007

La sesión

-Bueno, cuénteme tranquilo cuándo fue la última vez que creyó haber presenciado estas…apariciones.
- Siento que no son alucinaciones doctora…¡pienso que son reales!...¿no me cree lo que le estoy diciendo?.
-Sí, le creo Fernando, no lo estoy subestimando. Pero cuando uno vive en un estado de casi permanente alteración y de stress como el suyo, la visión de los hechos es distorsionada por el inconsciente, como una defensa contra la realidad que, de otro modo, sería atroz. Es normal lo que le pasa.
-¿Quiere decir que me estoy volviendo medio loco?...¿necesito más medicación?.
-No, no creo que por ahora necesite una mayor dosis de ansiolíticos. Para su tranquilidad le digo que está llevando adelante el duelo bastante bien. Todos los pacientes creen que son los únicos a los que les pasan estas cosas…y ya hablamos de esto; recuerde que los problemas acá se solucionan sacándolos afuera, poniéndolos en palabras.
-Ya lo sé…pero es que…¡no sé cómo explicarlo sin sentirme como que me estoy volviendo loco!. Me siento como en esas películas de terror en donde el protagonista niega la realidad pensando que vive alucinaciones pero finalmente lo que lo aterra es real!.
-Vea Fernando, usted siente culpa por haberse enamorado de Cecilia mientras su esposa agonizaba. Usted nunca dejó de amar a su esposa, pero inconscientemente sabía que tras su inevitable muerte, se quedaría solo. Por eso se permitió enamorarse de esta chica. Y ahora siente culpa porque cree que traicionó a su mujer. Esto es lo que nos crea los conflictos en nuestra vida: la lucha entre lo que moralmente consideramos, o nos “enseñaron” que es reprobable, y lo que deseamos. La energía que genera esta tensión es lo que no lo deja dormir, lo que lo tortura por las noches.
-No doctora…mire…ya entiendo el mecanismo del yo y del súper yo y todo eso. Ya lo pensé. Es cierto que siento algo de culpa por mi relación con Cecilia…pero también sé que hice todo lo que pude por Natalia. Y que la amé hasta el último momento. Pero lo que me pasa es real. Yo siento que mi señora se está vengando por Cecilia.
-¡Claro que siente culpa!...cualquiera se sentiría así. Nos enseñan de chicos a sentirnos culpables por ser felices…nos cuesta ser felices. Y más en una situación afectiva como la suya. Créame Fernando, que su stress lo está traicionando, está tratando de resolver su culpa con una neurosis. Si nos quedamos con lo que usted cree ver, sólo incrementaremos la neurosis y su insomnio. Hablemos de lo que le pasa. Cuénteme: qué fue lo que le pasó ayer.

Fernando suspiró como quien cuenta hasta diez antes de putear. Con las manos entrelazadas sobre su vientre, recostado en el diván como otros tantos millones de porteños, habló.

-Ayer a la tardecita salí al balcón. Había dejado la cafetera haciendo café. Siempre cuando vuelvo del laburo me tomo un café en el balcón, aunque haga calor. Me ayuda a desenchufarme de la oficina, ¿me entiende?.
-Mhm. ¿Y entonces?.
-Cuando entré de nuevo al living para ir a la cocina, sobre la mesa, apuntando hacia mí, estaba el portarretrato con la foto de Natalia en México. ¡En la mesa!
-¿Y dónde se supone que debería estar ese portarretrato?
-En el ropero del escritorio. Ahí puse todas las cosas de Natalia, porque después del primer mes, ya no soportaba llegar y ver sus cosas; era como no terminar de entender que se había ido para siempre.
-¿Y cómo llegó a la mesa del living?.
-¡Eso me pregunto yo!. Jamás lo volví a sacar. No toqué nada desde…desde que Natalia murió doctora…la semana pasada fue su perfume, el Quartz que de la cómoda saltó a la mesita de luz.
-¿Cómo saltó?.
-Es una forma de decir…siempre estuvo en la cómoda y una mañana, abro los ojos y lo primero que veo es el perfume adelante del reloj despertador…¡en la mesita de luz!. Y en la habitación se sentía el perfume como si alguien hubiera rociado todo el frasco allí.
-Fernando…¿nunca pensó que qué casualidad que los objetos que “se mueven” son siempre objetos personales de su difunta esposa?.
-Ya lo sé…¿y?...
-Y que justamente, son objetos muy propios de Natalia…que de alguna manera, están marcando para su inconsciente, que ella sigue viva.
-No entiendo doctora. ¿Usted quiere decir que mi inconsciente mueve los objetos para sentir que Natalia sigue viva?.
-No Fernando, lo que digo es que usted los mueve y lo olvida, creando una situación que se inserta en su vida diaria y que le hace pensar en Natalia hasta cuando tiene que dormir. Es una manera de mantener “vivo” al ser querido que ha partido. Pero al mismo tiempo, su parte consciente, enamorado de Cecilia y culposo por ello, niega la presencia de Natalia. ¿Se entiende?.
-…sí, yo la entiendo doctora, pero lo que no puedo creer es que yo mismo esté haciendo eso sin darme cuenta…no estoy tan loco.
-No dije que estuviera loco. Todos tenemos este tipo de olvidos selectivos, actos fallidos más o menos graves. Son formas que encuentra el inconsciente para manifestarse, para salir cuando no puede resolver un conflicto. Por eso no puede dormir tampoco.
-Lo que me angustia, doctora, es que no siento que sea un olvido…¡siento que los objetos se mueven de verdad!.
-Bueno, pero en ese caso…¿quién los mueve?.
-¡No lo sé!. No quisiera pensar que…
-¿Qué qué?...dígalo Fernando…diga lo que piensa.
-¿No me va a internar si le digo lo que siento?.
-No Fernando. Lo importante es que ponga en palabras eso que lo angustia.
-Bueno, ahí va. Yo siento…de verdad, que es como que Natalia desde el más allá me está marcando que ella sigue de alguna manera…y que no la puedo reemplazar por otra.
-…justamente, ¿ve lo que yo le decía?...las apariciones de objetos o sus cambios de lugar vienen a marcar la “presencia” de Natalia en su vida. Porque usted aún no ha conciliado del todo su duelo por ella con su amor por Cecilia. Por eso siempre le pasa esto de los objetos en su casa. ¿Nunca se puso a pensar por qué los objetos no se mueven cuando está con Cecilia?. Si fuera su ex mujer queriendo interponerse en su relación con su nueva pareja, ¿por qué no se “mueven” los objetos cuando está Cecilia?...¿no sería más coherente eso?.
-Bueno…sí…pero ¿yo qué sé qué pretende Natalia?...tal vez quiere esto…que yo tenga problemas con Cecilia para que ella me deje por loco.
-Es que eso es lo que va a pasar, Fernando, si no elaboramos bien el duelo. Usted está dejando que la culpa le gane, y se autoboicotea la relación con Cecilia. Piénselo. ¿Dejamos acá?.

No hubo opción. La psicóloga siempre decide cuándo se termina la sesión. Fernando quedó como siempre con una pregunta sin formular, con un acertijo para resolver hasta la próxima sesión.

Sin embargo, esta vez se iba con un cierto alivio. María Elena sonó convincente, y su firmeza le regaló unos instantes de cordura, de realidad. Ella lo acompañó hasta la puerta. Le dio afectuosamente la mano, como añadiendo una cuota de afecto a su interés profesional.

Eran las 20.30 y Fernando era su último paciente del día. María Elena prendió un sahumerio mientras ordenaba las planillas de las obras sociales. No creía en espíritus o avatares, pero el perfume a sándalo le recordaba sus sesiones de yoga y la evocación de momentos de relax le transmitían la serenidad que necesitaba para poner en orden sus notas mentales. La evolución de Fernando la tenía preocupada. No por la severidad de su neurosis, sino por la contradicción que inevitablemente asomaba en cada diálogo con él. Por un lado, un individuo mentalmente sano cuya culpa le generaba un trastorno diario de alucinaciones y un sonambulismo exacerbado. Por el otro, Fernando se manifestaba como una persona absolutamente sana y poseedora de un discurso coherente.

Una ambulancia estremeció el vecindario con la voz de su sirena. En ese momento María Elena perdió su concentración, despertando de su letargo.

Un olor penetrante y repentino asaltó sus fosas nasales. Sintió como si hubiera acercado su rostro a una flor de jazmín en una mañana de verano. Miró el portasahumerio instintivamente, buscando allí el origen de la fragancia embriagadora, pero sobre él sólo quedaban cenizas que imitaban la forma original de la vara perfumada.

Ahora el perfume se hacía más penetrante y dulzón. Parecía venir del escritorio mismo. Percibió sus notas, imaginando tal vez un derrame de su propio perfume, pero un instante después de pensar esto se dio cuenta que esa nota melosa que llenaba su nariz no pertenecía a sus perfumes ni provenía de sus cuadernos. Se levantó y fue hasta la ventana; notó que el aroma parecía inundar ahora toda la habitación. Asomó la cabeza por el balcón: tal vez alguien había arrojado un frasco o un desodorante allí. Pero de la calle se elevaba un vaho mezcla de basura recolectada, humedad y tránsito.

Cerró la ventana El aroma era tan intenso que la nota dulzona, antes armoniosa, ahora resultaba un empalago insoportable. Fue hasta el baño, pero no encontró nada derramado, ni tan siquiera un frasco abierto de cualquier cosmético, putrefacto con el tiempo y que se hubiera transmutado en esa niebla espesa que la ahogaba. Entonces identificó la naturaleza del aroma que la envolvía como la humedad tediosa del verano porteño. Recordó el nombre del perfume, ése del que abusaba su mejor amiga cada vez que salían.

Ese mismo perfume, el que tanto detestaba, el que le recordaba tantas tardes de insoportables charlas vacuas, era precisamente el que ahora, tan ubícuo como persistente, inundaba sus pulmones. Sintió frío en la frente y en la espalda. La vista comenzó a nublársele.
Intentó salir del baño, pero se desvaneció sobre la puerta, cerrándola con su peso. Cayó semiinconsciente entre la bañera y el inodoro, y un instante antes de perder por completo la conciencia, una voz femenina le susurró al oído: Quartz.








˜

viernes, junio 22, 2007

Saudade de você

Por vos confirmé aquel prejuicio que me puso al portugués como la voz del corazón. Por vos me encontré por última vez (latest diría un inglés) con El Errante, ése que viene cuando menos se lo espera y que también parte inesperadamente, ajeno a nuestros desvelos.


No existe sentimiento equivalente en castellano a la compleja semántica contenida en saudade de você. No, no la he encontrado.

Nos encontramos y se eclipsó la ciudad de la Bahía. Tu ciudad. Quiero dejar registro para afirmar que exististe. Para recordar que, como en un cuento, hubo una vez en que la vida tuvo sentido. Hubo una vez en que los dioses se distrajeron y nos dejaron ser felices. Que en aquellos días las horas no contaron, y Vivimos como si el tiempo no nos importara. Ésta era tu canción:

Tenho andado distraído
impaciente e indeciso
e ainda estou confuso
so que agora é diferente
estou tão traquilo
e tão contente.
Quantas chances desperdicei
quando o que o mais queria
era provar pra todo mundo
que eu não precisava
provar nada pra ninguém
me fiz em mil pedaços para vocé juntar
e queria sempre achar
explicação pro que eu sentia
como un anjo caído
fiz questão de esquecer
que mentir pra si mesmo
é sempre a pior mentira
mas não são mais tão a criança
a punto de saber tudo
ja não me preocupo se eu não sei porque
as vezes o que eu vejo quase ninguém vé
e eu sei que vocé sabe quase sem querer
que eu vejo o mesmo que vocé.
Tão correto e tão bonito
o infinito é realmente um dos deuses mais lindos
sei que às vezes uso palavras repetidas
mas quais são as palavras que nunca são ditas?.
Me disseram que vocé estava chorando
e foi então que eu percebi
como lhe quero tanto.
Ja não me preocupo se eu não sei porque
às vezes o que eu vejo quase ninguém vé
e eu sei que vocé sabe quase sem querer
que eu quero o mesmo que vocé...

lunes, junio 18, 2007

Solsticio


Quiero el invierno de guantes y bufandas
de caldo y especias; quiero el invierno
de las mesas con amigos, mesas de vino y calor,
chocolate del Anáhuac, cerveza de Kalmar;
invierno de noche larga y de walkyria
llorando frente al mar.

Quiero las mañanas blancas de gente fría
huyendo del glaciar; cielo agreste,
limpio, sobrio, modesto,
ordenado, señorial.

Quiero tu azul de nórdico, quiero vivir
en tu heredad: fiordos, icebergs,
auroras, muérdago, sagas
terribles y viajeros del mar.

El peor de los pecados

Borges decía en su poema "El Remordimiento":

"He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz."

Así creo que es para la mayoría de nosotros, habitantes de Sudaquia modelo siglo XXI. Parafraseando a Borges, yo diría, primero de mí mismo, que no he sabido ser feliz. Que me dejo llevar por el rebaño, buscando la felicidad en eso que creo es la felicidad. La que me quieren vender, la que me quieren encajar, la que yo mismo me convenzo de alcanzar. ¿Y cómo sé qué es la felicidad?. ¡Por los otros!. Así aprendemos a ser felices, a ver qué es lo que hace felices a los demás, sin preguntarnos qué nos hace felices a nosotros. O sin entenderlo.

¿Cuánto tiempo paso deseando lo que luego descubro que no me hace feliz?...¿cuánto le doy a aquéllo que me hace reír?. ¿Cuándo me permito eso que me gratifica?. ¿Por qué medir la felicidad en cantidad y no en calidad?. ¿Y es cuantificable la felicidad?.

Yo no sé qué es la felicidad para mí. Por ahora sólo sé que si no me decido a vivir mi vida de una vez por todas, la felicidad será siempre eso que les pasa a los demás.

miércoles, febrero 14, 2007

Valentinero

¿Por qué hoy el día arrastra las horas durante un siglo?
¿Por qué muere el resplandor?
¿Por qué siguen todos ahí viviendo sus días de búsqueda sin
solución?.

¿Quién ordenó que el día mute a noche sin eclipse de sol; quién
le dijo al silencio que apague mi voz?
¿Quién te descifró la fórmula de mi dolor?

¿Qué es esta enfermedad que me mata y me vela sin cajón?
¿Qué tendrá la traición de dulce si el que la sufre
corrompe su razón?

¿Cuándo dejaste de escribir mi nombre en las hojas?
¿Cuándo decidiste arrugar mi vida como cartón?. ¿Cuándo
fue tu anhelo por mí contaminado por la irreflexión?.

¿Cómo dejar de sentirte si me consumo en la memoria
de los que eran dos?
¿Cómo se cura el vértigo de mi perdición?

¿Dónde se supone que debo buscar argumento para mi valor?
¿Dónde, decime, dónde busco ahora las mañanas
de sábanas, café y vos?

martes, febrero 06, 2007

El retorno

Ha vuelto. Me ronda como un lobo hambriento. Pero no ataca. No. Sabe que, a través de incontables batallas, me hice fuerte. Ya no puede, aunque quiera, penetrar todas mis defensas y llegar al centro de mi fortaleza.

Y me ronda. Ha puesto sitio a mi magnífica fortaleza. Me sonrie a medias y me mira de soslayo, como quien lo ha previsto todo. Frente a mí se ha plantado con intenciones oscuras. Ya no sé si realmente desea entrar o simplemente hacer alarde de su poder.

Yo lo detesto. Me traicionó una, mil veces, y eso bastó para que fuéramos desde entonces enemigos.

Me asomo por el muro y le grito todas las destrucciones que causó. Después de su traición, he quedado devastado.

Pero, irónicamente, sé que no podré subsistir sin él. Ésa, y no la mía, es la verdadera fortaleza. Ése es su baluarte, su arma secreta, el ariete con el cual arrasará mis defensas.

Y caen mis defensas. El castillo se desmorona por su propio peso. Quedo una vez más indefenso. Con él, pero sin él.

Es Tilzim, El Errante del mundo, que viene y se va del corazón de los hombres. Pero no ha venido a anidar en el mío, sino a derrumbar sus murallas, a pisotearlas y a dejarme sin defensas.

Lloro con la frente contra el suelo y recuerdo la sentencia del Venerable: "The happiest man that walks on this earth is the one who finds true love".
-Vlad Tepes

sábado, febrero 03, 2007

El Errante

El anciano de larga barba y túnicas azules movió con su cayado los troncos que ardían en la fogata y éstos se desparramaron y ardieron con más fuerza. La llamarada despertó al círculo de los discípulos que se había dormido.

La noche se extendía serena pero fría. Las estrellas parpadeaban con vanidad en la cúpula del cielo. Sólo el crepitar de la hoguera y las criaturas de la oscuridad desafiaban el manto de la noche, cuyo pliegue sinuoso protegía a todos.

Numlil el Sabio volvió a remover la leña que ardía en el centro del círculo. Nadie en todo Ki Engir podía aventurar la edad del Venerable, porque aún para los más ancianos del reino, Numlil siempre había estado allí, como consejero del Rey y mensajero de los Dioses. Y Numlil, una vez más, habló: -“prestad atención a mis palabras ahora, porque lo que voy a contaros es una historia de antes del tiempo-. Y reclinándose sobre su largo bastón miró a todos sus jóvenes aprendices, a medida que continuaba: -el siguiente es un relato de Los Antiguos, el primero de los relatos que Enlil el Grande grabó en arcilla cuando levantó el templo de En Dhara. Esto ocurrió en la noche de los tiempos, antes de que Alulim de Eridug cumpliera el primero de sus 28.000 años de reinado, y mucho antes aun de que el país de Ki Engir fuera habitado por un Sagigga.

Y Enlil la llamó la canción del Enamatum, que en la lengua de los dioses significa ‘el errante’.

En el principio eran Anaman Lir , el Grande, y su esposa, Eha. Ambos crearon El Abismo y El Devenir, y son eternos en su gloria y permanencia. Juntos engendraron a los Dioses Inferiores, sus vástagos: Enamu, Elehum, Enaron, Sinámma, Lama, Anura, Endora, Oróbel, y Tilzim.

Y he aquí que Anaman se levantó de su trono y demandó que todos sus hijos concibieran una creación digna de ser admirada, como regalo a él y a Eha, por haberlos concebido.

Entonces Elehum, el veloz, se alzó a sí mismo por sobre el Abismo y reuniendo todas su fuerzas sopló sobre él, y para asombro de todos el Abismo se dividió, y de un lado quedaron las aguas y del otro la tierra. Y Anaman y Eha vieron que esto era admirable y se vieron complacidos.

Luego se levantó Enamu, quien deseaba por sobre todo superar a su hermano y ganarse la admiración de los Grandes. Descendió entonces hasta la tierra y tomó una parte de ella y amasándola con sus manos fabricó rocas y piedras preciosas de incalculable belleza, y las hizo de todos los tamaños y formas imaginables. Tomó luego sus piedras y las marcó con el fulgor de sus ojos azules, y reuniéndolas a todas en su manto subió a la cúpula del Abismo y allí las engarzó, una por una. El Abismo entonces brilló bajo la luz titilante de las gemas de Enamu, y Anaman y Eha se regocijaron en la creación de Enamu y quedaron admirados.

Enaron el sabio, al ver la habilidad de su hermano, abandonó su trono dorado y clamó:- no ha de brillar la obra de mi hermano más que la mía, he aquí que mi gloria os iluminará a todos-. Y tomó también una gran porción de la tierra y la amasó toda junta hasta formar con ella una enorme antorcha que encendió con una de las piedras de Enamu. La antorcha se encendió con el fragor de mil truenos y todos los dioses temblaron por la creación de Enaron. La luz de la antorcha iluminó toda una sección de la cúpula del Abismo, opacando las gemas de Enamu.

Subió luego Enaron a su carro y partió rumbo al otro extremo del Abismo, iluminando con su antorcha cada sección de la cúpula, del Abismo y de la tierra a su paso.

Maravillados por el espectáculo, Anaman y Eha le ordenaron que no se detuviera hasta que ellos así se lo pidiesen, para que siempre la cúpula estuviera iluminada, ora por las gemas de Enamu, ora por la luz cegadora de Enaron.

Viendo las hijas de Eha que sus tres hermanos habíanse ganado la admiración de los Grandes y del resto de los vástagos, se decidieron a actuar: Sinámma la bella se levantó y tomó su espejo y con él siguió a su hermano Enaron en su viaje por la cúpula del Abismo, y el reflejo de la luz de Enaron en el espejo de Sinámma se proyectó sobre la tierra y las aguas como una suave caricia, y así la tierra y las aguas estuvieron siempre y desde entonces bajo la luz de los dioses, pues cuando Enaron se halla con su fuego en un extremo de la cúpula, Sinámma se encuentra en el opuesto, siguiéndolo e iluminando con su espejo la tierra, para gloria de Anaman el Grande y de Eha.

Tocó entonces el turno de Lama, la segunda de las hijas de Anaman y Eha. Tomó Lama una porción de las aguas y las transformó en nubes, y con el soplo de Elehum las depositó en medio de la tierra en forma de lluvia. Y la cantidad de lluvia fue tanta que el agua se escurrió por toda la tierra en una sinfonía de arroyos y ríos, lagos y lagunas y estanques y en todos ellos las aguas cantaron la gloria de los Grandes, y las aguas se movieron al compás del carro de Enaron y del espejo de Sinámma.

Los hijos menores de Anaman se reunieron y viendo que las obras de sus hermanos eran grandes y bellas, se preocuparon. Y viendo que sus hermanos habían maravillado a todos con la cúpula celeste, bajaron pues hasta la tierra y las aguas y allí obraron sus prodigios.

Endora tomó agua del Abismo y luz de la antorcha de Enaron y las amasó con la tierra emergida y creó las plantas y los árboles que se alzan en la tierra y en el mar. Y las plantas y la hierba cambiaron el color de toda la tierra y de las aguas, y crecieron y se propagaron por sí mismas con el aliento de la vida que Endora les dio. Y Anaman y Eha bajaron y habitaron por un tiempo entre los jardines de Endora, complacidos del verdor.

Y desde su trono Anura dijo: reclamaré una parte del Abismo para mí, y allí mis creaciones dominarán por sobre las demás. Y así Anura descendió a las aguas del Abismo y llenó los mares y ríos de criaturas de todos los colores y formas que nadan y colman las aguas, y desde entonces Anura es el señor de las aguas y de los abismos insondables.

Tomó Oróbel el ejemplo de su hermano y reclamó para sí los cielos que están por debajo de la cúpula y las tierras secas, y echó a volar a todas las criaturas del aire y les ordenó cantar para los Grandes cada vez que la antorcha de Enaron se enciende y se apaga en el horizonte, y con barro y rocas duras creó un sinnúmero de criaturas extrañas y agradables a los ojos de todos los dioses, y que corren por la tierra y cantan con sonidos nuevos la majestad de Anaman y de Eha.

Y los Grandes estaban admirados de las creaciones de sus hijos y se preguntaban -¿qué hay de Tilzim, el más pequeño de nuestros hijos?-.

Tilzim era el más joven de los Dioses Menores, pero el más astuto de todos, y el que más amaba a Anaman Lir y a Eha. Viendo las obras de todos sus hermanos se propuso a su vez que la suya sería la mayor de todas. Y siendo que aún luego de las creaciones, no había mayor majestad y belleza que la de los Grandes, concibió la idea de dar vida a los Upanishim, que en el idioma de los dioses significa ‘los servidores’.

Y a imagen de los dioses y diosas los hizo también varón y mujer. Al varón lo hizo a imagen y semejanza de Enaron, el más fuerte y robusto de los Dioses Menores. Y a la mujer la hizo según Sinamma, cuyo espejo esparce la luz de su belleza por toda la cúpula.

Y habiendo creado a las primeras parejas de Upanishim, insufló sus corazones con el recuerdo del amor que Anaman el Grande guarda por Eha, y los Upanishim cantaron canciones a todos los dioses tan pronto como despertaron a la vida. Y cuando cantaron, toda la creación se admiró de las criaturas de Tilzim, y los Dioses Menores quedaron sorprendidos de la habilidad de su hermano más pequeño, y los Grandes se levantaron en sus tronos dorados y se vieron satisfechos, porque la obra de Tilzim coronaba toda la creación.

Los Dioses Menores llamaron a los Upanishim ‘los hijos de Tilzim’, que en el idioma de los dioses se dice Tilzimnéri, porque no los consideraron sus servidores, sino sólo servidores de los Grandes.

Y durante todo el tiempo en que la antorcha de Enaron brillaba con más fuerza en el cielo, Tilzim bajaba a la tierra y habitaba en los corazones de los Upanishim, y su aliento alegraba las almas de los hombres y mujeres y éstos cantaban y festejaban su alegría y se unían entre sí y engendraban hijos e hijas que muy pronto llenaron la tierra y las islas del mar.

Pero la envidia y los celos carcomían las entrañas de Anura, Endora y de Oróbel, porque sus criaturas no eran tan bellas como los hijos de Tilzim, y los cantos de éstos opacaban los trinos de las aves y los colores de los seres del mar, y aunque Anaman y Eha estaban complacidos y deleitados con todos, prestaban más atención a los Upanishim que a cualquier otro ser.

Y viendo los tres que con cada visita de Tilzim a la tierra, la belleza, la alegría y el número de los Upanishim aumentaba, conspiraron contra ellos y contra Tilzim, su hermano menor. Y engañándolo, fingieron visitar la tierra junto a él y cuando Tilzim estuvo frente a los Upanishim una vez más, Endora y Oróbel se abalanzaron sobre él y lo capturaron, y lo llevaron a una roca que Anura había hecho emerger en medio del mar océano y del Abismo. Y allí lo encadenaron y se aseguraron que no pudiera visitar la tierra ya más.

Y cuando el aliento de Tilzim abandonó a sus hijos, los Upanishim sintieron tristeza y ya no cantaron ni se unieron ni engendraron más. Entonces Endora y Oróbel abrieron las puertas del Abismo de par en par y dejaron que la Muerte y la Enfermedad entraran en la tierra para que acabaran con los hijos de Tilzim. Y entre ellos habitó por primera vez la muerte y el dolor y la enfermedad, y desde los tronos dorados de los Grandes ya no se oían canciones ni gritos de alegría, ni las risas de los niños, ni las palabras dulces de los Upanishim, porque éstos estaban muriendo en gran cantidad. Y la Muerte y la Enfermedad se enseñorearon de la tierra y del mar, y también las criaturas de Anura, de Endora y de Oróbel murieron y todo se llenó de muerte, pestilencia y silencio.

Pero Eha se compadeció de las criaturas de todos y especialmente de los hijos de Tilzim, y bajó al mar océano y liberó a Tilzim de las cadenas impuestas por sus hermanos y le dijo: -ve y sana a tus criaturas, porque su belleza y bondad marchitas hieren mi corazón, pero no habites siempre entre ellas ni las hagas tan perfectas a los ojos de tus hermanos, pues grande será su envidia y luego intentarán destruirlas nuevamente-.

Descendió Tilzim a la tierra y con su aliento sanó a todas las criaturas vivientes, y puso un límite a la Muerte y a la Enfermedad, pero ya no las pudo expulsar del mundo. Y reunió luego a todos los que quedaban de entre sus hijos, y les sopló nuevamente con el aliento de su corazón, para que crecieran y procrearan una vez más. Pero les alertó que ya no podrían vivir para siempre, como los dioses, y que la Muerte y la Enfermedad rondaban ahora por los extremos de la tierra y que debían cuidarse de ellas. Y para que sus hermanos no le capturaran nuevamente, adoptó una nueva forma, etérea como el viento de Elehum, pero fuerte como los pilares del Abismo. Y bajo esta forma se esfumó de los ojos de los Upanishim, y ya nunca los visitó regularmente en el verano, sino que, para no ser descubierto, vagó por toda la tierra y por las islas del mar, anidando intempestivamente en los corazones de sus hijos y regalándoles la fuerza de la vida, y haciendo crecer en ellos la alegría y el deseo de vivir y de amar y de engendrar, y mientras habitaba en ellos, ni la enfermedad, ni la muerte, ni obstáculo alguno podía quitarles la alegría del alma, pues aunque errante y a veces esquivo, cuando los dioses de la envidia se distraen, Tilzim siempre vuelve al corazón de los hombres”-.


martes, diciembre 12, 2006

Conmigo

Aprendí a entenderte.
De a poco te fuiste haciendo parte de mi vida.
Incesante, no te apartaste de mi lado.
Estuviste conmigo desde que era chico.
Sí, desde entonces creo recordar tu rostro siempre cerca mío.
A medida que crecía pasabas más tiempo conmigo.
Me entregué y busqué compañía en otros.
Tuve varios desengaños. Ni uno más que los normales.
A partir de ellos fui entendiendo que, tal vez, eras la mejor.
A partir de ellos comprendí que vos, nunca me dejarías.
Hoy siento algo que me llena por completo. Algo triste.
Es parte de mí, como mi voz.
Hoy te veo distinta. Hoy te hago parte definitiva de mí.
Hoy ya no busco, porque te encuentro.
Bienvenida a mí. Soy tuyo. Siempre lo fui.
Acá estoy, soledad.


viernes, diciembre 08, 2006

La búsqueda - II -

Pensé detenidamente en la pregunta del viejo. Temía irme sin la respuesta que buscaba y que todo el esfuerzo por llegar hasta la montaña hubiera sido en vano. Temía volver con las manos vacías. Miré el fuego mientras pensaba y por unos segundos me abstraje de todo. La pregunta que me inquietaba estaba allí, a punto de escapárseme de los labios. Tomé valor una vez más, y hablé:

-Soy el hijo del jefe de la tribu. En poco tiempo, mi padre morirá, y yo seré la cabeza de mi familia y del pueblo. Pero no sé nada de mandar gentes o dictar justicia. Mi padre no me ha enseñado nada más que las tareas comunes de un hombre. Me han dicho que tú eres sabio y que puedes ver más allá de tus ojos. Dime, anciano, ¿cómo me preparo para mandar sobre los de mi tribu?-.

Cuando terminé de hablar, sentí que el corazón me golpeaba el pecho. Me costaba respirar. Seguí preguntándole al anciano con la mirada fija en su rostro. Él terminó con su canasto. Lo observó cuidadosamente por unos segundos y luego lo dejó a un lado, junto con otros más. Entonces levantó sus ojos hacia mí y creí ver en su mirada la sabiduría de la que hablaban en el pueblo.

-Mandar es fácil. Ya sabes eso. Un niño sabe mandar sobre sus hermanos. Una mujer manda en su casa, en el corral, en la cocina. Tú sabes cómo darle órdenes a tu rebaño. ¿Eso es lo que quieres saber?.-

-Dices la verdad. Mi padre también sabe mandar. Y mis hermanos menores. Y mi madre, la que manda entre las mujeres de la tribu. ¿Ves esta marca, sobre mi hombro?, fue hecha con fuego cuando cumplí dieciséis años. Es el símbolo de mi linaje. Lo tiene mi padre, como lo tuvo mi abuelo antes que él. Ese círculo le dice a todos que lo que yo diga se debe hacer. Y cuando mi padre muera, lo que yo diga, la tribu lo hará. Pero es el símbolo lo que respeta la tribu y mis hermanos, no a mí. No me obedecen a mí, sino a la tradición del círculo. Yo quiero que las gentes acaten mi voz, no mi marca. Así, cuando yo muera, me recordarán a mí por lo que hice, no por mi linaje.

El viejo no apartó sus ojos de mí mientras hablé. Entonces, dijo:

- ¡Intip Raymi!. Cinco generaciones he visto pasar, y ninguna produjo un vástago como Tijsi, hijo de Kápak. Cuando tu abuelo Illimani se sentó frente a mí como tú ahora, me preguntó cómo podía hacer para cosechar maíz en las laderas de las montañas. Hablé, y así alimentó a su familia y su cría devino en tribu. Tu padre quiso saber cómo hacía para engendrar muchos hijos, varones y fuertes, para asegurarse el control de las gentes. Todos los príncipes de tu familia, a su debido tiempo han subido a la montaña para hacerme una única pregunta, la que ellos creen que les dará el dominio sobre Tauantinsuyu, pero ninguno habló con voz de mando.

-Mi padre no me habló del Tauantinsuyu. Sólo me dijo que debía venir aquí a hacerte una pregunta, la más importante de todas. Nada más dijo.

-Por eso Kápak no ha sido grande. Sólo mantuvo lo que heredó. Tu abuelo Illimani habló con inteligencia. Tu padre Kápak habló con ambición. Pero no bastan para ser hijo de Inti y reclamar el trono dorado. No bastan. Sólo la pregunta correcta abre el camino. Hijo, yo no tengo la respuesta a tu pregunta, pero sé dónde podrás encontrarla.

-¿Dónde, anciano?.

-En Topa Yauri.

sábado, diciembre 02, 2006

El dado

Guardo para mí la certeza de que el azar acompaña a ciertas personas con la misma persistencia con que la desgracia abruma a otras.

Suelo mantener esta creencia entre mis pensamientos más íntimos, porque entiendo que pocos se animarían a compartirla y muchos, por el contrario, la encontrarían arretobada.

Vengo observando desde muy chico ciertas regularidades en lo que llamo destino y azar, que cada día que pasa agregan certidumbre a mi concepción de lo que vulgarmente llaman “suerte”.

Veamos el caso de mi tío, el gallego Manuel. Siempre ha tenido suerte. No hubo sorteo en las fiestas de fin de año de su laburo en los cuales no se ganara algo. Pero a la recurrencia de su “suerte” debemos agregarle una dosis de “eficiencia” : ganarse un ventilador de techo unos días antes de comprarse uno por cuenta propia, o una videocasetera cuando se te acaba de romper otra es, cuando menos, doble suerte.

Su única hija, mi prima Analía, parece haber heredado los genes benévolos de su padre: acostumbra ganar cualquier cosa allí en donde el azar es el primer protagonista.

Anécdotas aparte, creo firmemente que el azar no es azaroso, y que por el contrario, existen ciertos factores del ser humano –aún fuera de control consciente- que pueden, hasta cierto punto, conducirlo.

Van un par de ejemplos de lo que quiero decir: ¿ nunca les pasó que, luego de no haber ganado nada en sus vidas, justo el día en el cual no quieren salir beneficiados en un sorteo o algo parecido, ganan?. Hace poco me comentaban de una persona que nunca tuvo suerte, y que en el sorteo de una fiesta ganó un gran premio, aunque esta persona deseaba secretamente no ganar nada, ya que el agraciado debía pasar al escenario y bailar frente a un público expectante y esto, obviamente, lo llenaba de vergüenza.

La única vez que gané algo por azar fue precisamente en circunstancias similares: fui a un boliche con dos amigos. Junto con la entrada nos daban un número para sorteos. El ganador debía pasar al escenario, enfocado por todas las luces y era objeto de las burlas y pésimos chistes del animador, y el premio sólo nos era otorgado después de habernos entregado a unos minutos de escarnio público por parte de aquel fanático de la irreverencia.

En aquella ocasión tuve por primera vez en mi vida el firme deseo de no ganar. Obviamente gané, y por si fuera poco mi amigo rompió el juramento que le obligué a darme cuando entramos, de que si yo ganaba algo él subiría al escenario por mí y luego compartiríamos los premios. Sebastián –que así se llamaba el traidor- aceptó la promesa con algo de condescendencia, viejo conocedor como era de mi reiterada mala suerte.

Conforme leo, escucho o protagonizo más de estos eventos, me voy convenciendo de ciertos rasgos perversos que guían al azar. Es como si éste sintiera un íntimo placer en contrariar los anhelos de los que, como yo, pateamos el mundo sin el don de la casualidad numérica.


Lo opuesto sirve también como ejemplo: un verano pasábamos las vacaciones con mi familia en la costa. Quince días de aburrimiento infernal para mí, con 17 años recién cumplidos y confinado en un mar de dunas y calles de tierra. Una semana antes de que volviéramos, vinieron a la casa de al lado dos chicos, bajo la tutela de la abuela de uno de ellos. Flashié con Andrés al segundo de haberlo visto. Intenté acercamientos ayudado por mi hermana y compartimos entre los cuatro algunas tardes de playa y charlas. Mi timidez me impidió avanzar lo que mi interior me exigía, así que la noche anterior a que ellos se fueran, cenamos juntos y terminamos jugando a la generala.

¿Cómo explicar la increíble suerte que tuve aquella noche con los dados?. Allí no había azar sino causalidad: en las tres partidas hice generala, pero no sólo eso. Aunque no hubiera hecho generala, igual hubiera ganado los tres partidos por puntos, porque también había sacado póker, full y hasta dos escaleras servidas. Hasta mi hermana tuvo que comentar “Che ¿qué te pasa a vos?...¿de dónde sacaste tanta suerte?”. No lo sé. Tal vez había algo interno que me exigía más y, obviando la timidez que me atenazaba, aquella voluntad se coló por entre mis dedos hacia el cubo de los dados.

Casualmente la palabra “azar” viene del árabe hispánico y quiere decir, literalmente, dado.

viernes, noviembre 24, 2006

La búsqueda - I -

Atardecía sobre el bosque y los árboles me regalaban sus aromas de madera y verde. Subí la cuesta con determinación, obligándome a hacerlo, porque en el fondo estaba nervioso.

Llegué a la cueva. Sentí que estaba frente a un vórtice infinito en su oscuridad. Tomé valor y entré. Tanteando las paredes pude avanzar y acostumbrarme a la negrura que me envolvía como un manto pesado. Adelante, no muy lejos, distinguí un resplandor. Seguí hasta que la caverna se ensanchó en una gran sala que no pude determinar si era obra de la genialidad del hombre o de la persistencia de la naturaleza.

En medio del recinto había una hoguera crepitando. Me acerqué, tomé un leño y lo entregué al fuego, como quien deposita una fruta ante un ciego. Sólo que en aquél lugar, el ciego parecía ser yo.

Detrás de la pequeña fogata había un asiento labrado en la piedra. Era sencillo en su diseño, sobrio en la decoración geométrica, y macizo por donde se lo mirara. El anciano que lo ocupaba vestía también con sencillez. Una túnica roja y limpia que contrastaba como excepción con el entorno agreste. No sabía su nombre, pero todos lo conocían como “el viejo”. Y aunque el nombre parecía despectivo, todos lo enunciaban con reverencia.

Mientras yo cumplía con el ritual de colaborar con el fuego y me sentaba frente suyo, hoguera de por medio, el viejo siguió ensimismado trenzando un canasto de corteza. Lo hacía con la misma dedicación y atención con que un erudito escudriña un pergamino fantástico.

Esperé vanamente que levantara la vista, que me mirara, que me hablara. Perdí la noción del tiempo y el eco del fuego crepitando en la oquedad se tornó hipnótico.

-Hijo, ¿qué estás buscando?- dijo repentinamente, y el fuego pareció enmudecer, respetuoso, ante el maestro.

-Vine por respuestas, anciano-, dije tembloroso. –En la aldea me han dicho que sabes tanto como muchas vidas y que tienes respuestas para todo-.

-¿Eso te han dicho?-.

-Sí. Y yo les creo.

-Los hombres de tu aldea no han hablado bien. Aquí no tengo respuestas, sino preguntas. Pero las preguntas son como el látigo para el kipu, lo impulsan hacia adelante, hasta que un día, casi sin darse cuenta, llega a destino.

-¿Entonces no responderás a mis preguntas?, dije con tristeza, mientras el viejo no apartaba la vista de su canasto, que seguía trenzando con lentitud ceremonial.

-Te ayudaré a buscar las preguntas. Pero primero debes saber qué buscas. Ésa es la pregunta madre. Dime, hijo: ¿qué buscas?.

Enmudecí. El fuego eructó chispas, y un tronco vencido por la tenacidad del calor, cayó al fondo de la hoguera como un hombre que cae exhausto.

jueves, noviembre 16, 2006

Así he venido II

Según la cronología aceptada, tengo treinta y tres años y algunos meses. Pero dentro de mi madre, yo, que aún no era este que soy, ya latía con vida.

Prefiero, por varias razones, negarles a mis progenitores la gracia de haberme concedido la vida. Ellos, Beatriz y Francisco, no fueron mis padres. Esa palabra no les hace honor. Crearon, en algún momento de sus existencias, una vida que devino, muy a su pesar, en mí.

Porque quisieron domeñarme a fuerza de indiferencia, violencia y obligaciones.

Él, el loco, sólo aparecía en nuestra realidad como lo hacen los fantasmas que no distinguen la frontera entre la tumba y la vida que respira. Su furia ocasional se desplegaba de repente: era un huracán de insultos, un animal en toda la extensión del significado, un repartidor de culpas y agresiones incubadas. Él, apenas un siervo de su propia obstinación, creyó que yo acataría la tradición paterna de maltrato.

Ella, la dejada. La que sólo supo exigirles a sus hijos que hicieran lo que ella jamás intentó. La que se doblegó al loco vaya a saber por qué burla del amor. Eran dos desvariados arrinconados con la terca persistencia del idiota.

Por eso declaro, sin orgullo y sin pasión, que devine. Porque nunca hubo respuestas a mis preguntas, excepto las que yo mismo encontré. Porque nunca hubo afecto, salvo el que vino a mi encuentro cuando huí desorientado por casi un día de aquél lugar que vanidosamente llamaban “casa” y que nunca lo fue.

Debí olvidar todo lo aprendido. No sabía quién era, qué quería, quién sería. Mientras mis amigos persiguieron sus anhelos, yo me detuve. Durante varios años busqué algo en el desierto de mis afectos interiores. Fui judío errante en mi propia eternidad, escrutando evocaciones de la infancia, hurgando en cajones reacios a la introspección, la historia de mi vida que los ellos habían escrito por mí.

No existe quizás mayor tristeza que verse a sí mismo como me vi en aquellos días, los días del diván. Leí mi biografía, la que él y ella habían escrito para mí. Leí el prólogo, los párrafos de mi infancia, y me ofusqué por las hojas de la adolescencia, brutalmente arrancados de cuajo.

Y lloré. ¡Cómo lloré!. Mojé almohadas, libros, mangas de buzos y toallas tratando de extirpar algo que se puede llamar dolor, pero cuya profundidad insondable sobrepasa cualquier etimología.

La tristeza me alejó de los vivos. Comprendí, -o creí comprender- los arcanos del suicida. No crean, ustedes que respiran vida, que podrán interpretar alguna vez lo que siente el suicida, porque no hay libro o psicoanalista que pueda abarcarlo.

Y yo también, como el loco, fui por un tiempo fantasma. Me sentí ajeno al mundo de los que ríen y proyectan. Me sentí un paria, un refugiado, un hijo de predestinaciones escamoteadas. No quería morir, pero tampoco soportaba aquel vago transitar de mi organismo por el tiempo y por el mundo.

Me deshice en harapos. Fui esclavo, siervo humillado, manojo de frustración.

Tomé un respiro, un par de pastillas, y abrí los ojos. Ahí estaba el otro yo, temido y ansiado. Era ése que, lento pero firme, me secaba las lágrimas, me mostraba mi valía, el que abría senderos posibles.

Entonces un día, o una semana -qué importa ahora-, estuve de regreso. Corrí lo desandado durante los días de introspección y devine en constructor.

Conocí el enamoramiento, la fascinación, el amor imposible. Creo que por primera vez en mi libro, escribí sobre la pasión y sobre el deseo. Padecí tanto el engaño como la desilusión. Me cansé de excusas inventadas para no corresponderme y también, me di el dudoso lujo de despreciar.

Descubrí el efecto de mi ser en los demás. De mi voz, de mis ademanes, de mis silencios.

Ahora sí siento que soy uno con el que escribe. Recién después de siglos de transitar por meandros y estepas, puedo intentar enseñorearme de un terruño propio.

Hoy escudriño la paz y la felicidad. Pienso que ambas son como la arena y el horizonte. Una puede alcanzarse con las manos, pero se escurre inevitablemente. La otra está siempre allá, un paso más adelante.

sábado, noviembre 11, 2006

El Heresiarca

Entonces El Que Habla dijo: "-No es bueno quien no es justo consigo mismo y con los demás. Porque no existe bondad sin justicia. Vengo a traerles un legado: soy la voz de los que fueron silenciados, de los que sufrieron por la verdad.

El falso profeta sentenció: 'pon la otra mejilla'. Yo les digo: dad a cada uno lo suyo, buscad la paz defendiendo la verdad. El orden nos libera. Respeten, y serán respetados.

Pero quienes no tengan respeto de vuestras normas y leyes, tampoco deberán ser respetados. Deberán ser apartados de vuestro entorno, hasta que demuestren que entendieron las reglas de la comunidad. Y si no las han entendido, entonces deben ser apartados para siempre. Y si persisten en atacar vuestro modo de vida, entonces debéis acabar con su vida.

Porque el bien de la comunidad es el bien supremo.

Tu palabra no tiene valor si tus actos no le siguen. Si quieres paz, practica la paz. Si hablas de humildad, lleva una vida humilde. No lean las palabras de los hombres, que se consumen en el mismo aire que las exhala. Observen sus actos: ellos hablan y no mienten.

Vengo a abrir sus corazones, pero también a liberar sus mentes de la esclavitud de la fe ciega y falsa del crucificado. ¿Quién puede postrarse ante un dios que mató a su propio hijo?. ¿Qué herencia puede dejar un culto que dice amar la vida pero adora un cadáver sangriento en una cruz?.

¿Cómo puede sermonear sobre el amor aquél que niega el amor carnal?.

Ven y mira: tu Dios verdadero no te juzgará por el tipo de persona a quien amarás, sino por la calidad de tu amor.

Así está escrito que habló el Nuevo Profeta en el santuario frente al mar, y su palabra fue tenida por herejía, pero sus seguidores juraron seguirlo y repudiar el Libro de los cristianos y el Libro de los judíos y hasta el de los mahometanos.

Y por primera vez en dos mil quinientos años, hubo gente que rezó sin estatuas, que comprendió sin libros, que se sintió libre y feliz sin curia ni reverencias.

Escrito al azar

Más que una mansión, aquel lugar, aquella construcción era un verdadero palacio imperial. Los jardines evidenciaban las expertas tijeras de jardineros profesionales.

Busqué en el directorio un mapa sobre aquél paraje extraño, mientras me acurrucaba más cómodamente en el almohadón naranja del tren.

Con mi birome de mil viajes hice un círculo azul en el mapa. Un paisano dejó de pedalear al paso de mi tren, y una galletita cayó sobre mi mapa, en un descuido imperdonable de mi lesbiana compañera de asiento.

La miré con seriedad y me devolvió una sonrisa tímida. Su guarnición adicional de almuerzo era devorada con una técnica mixta de palitos chinos y tenedor. Su vestido era una antología del menú del día. Su interrupción, una blasfemia para mi mapa.

sábado, noviembre 04, 2006

Así he venido

Dicen los que vinieron antes que yo, que una tal Beatriz –“la que hace feliz”- y un tal Francisco –“el que hace libre”- me dieron la vida hace casi treinta y cinco años.

No les crean: yo no estaba allí, en el recinto de la almas que esperan su número para llegar a la Tierra. Yo devine, me hicieron, me hice.

En la cronología aceptada, tengo treinta y tres años y algunos meses. Pero dentro de mi madre, yo, que aún no era este que soy, ya latía.

En aquellos años, el pueblo de Don Bosco era pacífico, residencial, una estación del Roca casi desconocida para quien no fuera del partido de Quilmes.

La toponimia signó mi destino escolar: jardín de infantes, primaria y secundaria entre los Salesianos, más conocidos como “Obra de Don Bosco”.

Cuando mis viejos no respondieron más a mis preguntas, aprendía a leer. Cuando la religión no satisfizo mis inquietudes, caminé un tiempo por la senda del escepticismo, del positivismo y de otros tantos ismos. Ninguno de ellos pudo hasta hoy completar mi búsqueda.

Algunos dicen que la vida es eso: la búsqueda de algo que nunca encontraremos ni debemos encontrar, porque vivir es caminar.

Desde entonces y desde siempre me hago preguntas y busco respuestas. Torturo mi existencia a veces en demasía con cuestiones inconducentes, y no pocas veces me pierdo en sutilezas bizantinas.

La sociedad, tal y como la conocemos, me enfurece y me desgasta. Por eso intenté aproximarme a ella desde la Sociología, pero esta última me regaló, para mi decepción, más dudas que certezas.

Quiero cambiarlo todo, me apasiono y me frustro con igual intensidad.

Aún hoy, cuando puedo sentir la noche lejos de la ciudad, o cuando me fatigo en la montaña, extraño perder la razón por un amor imposible. Entonces recuerdo la leyenda que contaban los hombres del Sumer, en donde el amor y la pasión se unen en un viejo errante que se va sin decir nada, y que llega cuando uno menos lo espera.

lunes, octubre 30, 2006

Los Arutimunna

Ésos, que ni siquiera miramos al pasar y que al nacer, ya todo lo han perdido. Ésos que son feos, negros, y pobres, o que han fracasado, en el amor, en el juego y en la vida. Ésos, que sufren vejámenes e insultos todos los días en el trabajo, en la escuela, en la calle, en el club. Ésos y ésas que han sido heridos, en el cuerpo y en lo más profundo del alma, ésos y ésas a quienes la vida se obstina en denigrar; los que todo lo intentaron y nada lograron; aquéllos a quienes incluso la esperanza abandonó: ésos, no tienen nada que perder. Por eso se vuelven contra vos y contra todo. Nada que perder, vida por vida, ojo por ojo. Míralos, están a tu alrededor. Se multiplican por millones. Son la inseguridad, la injusticia, la desnutrición, el abandono, la miseria y el analfabetismo. Miran al mundo desde la vidriera de la eterna negación. Ésos, que esperan su muerte, ésos, que los Antiguos conjuraban con temor reverencial, son los Arutimunna, los que esperan la muerte, y son tus verdugos.

martes, octubre 24, 2006

Fotofobia

Reposaba. Su cabeza apenas rozaba el respaldo del asiento en donde yacía semidormida, como arrojada allí descuidadamente.

El sopor del mediodía invadía el vagón por la persiana abierta. El fulgor le ladeaba la cara con un rictus mezcla de apatía e incomodidad. El pie -elegantemente enfundado en una sandalia de impecable diseño- se hundía en el asiento y obligaba a la pierna a acomodarse en una complicada mueca. Toda su postura evidenciaba pudor y descaro por partes iguales.

Otra andanada de luz atacaba la retaguardia del asiento, proveniente del vagón anterior, iluminando el umbral del coche en conjunción con la ventana.

Sólo ella respiraba hastío en aquella argamasa de cueros, metales y maderas vetustas, fatigadas por innumerables tránsitos.

Sólo ella escapaba al hastío dominical. Sólo ella rumiaba vaya a saber qué desencanto, qué amargura, qué anhelo lejano. Tan lejano como el final de aquél verano.

Porque quizás, no haya mayor tristeza que la tristeza bajo el sol de verano.

martes, octubre 17, 2006

El errante

Numlil, anciano entre los ancianos, es el último que recuerda, por boca de su abuelo, cómo era el tiempo en el que el verano no dejaba la tierra, ni los árboles despedían a sus hojas.

Antes que las aguas cubrieran la tierra de los cuatro ríos, hubo otra era. Los hombres morían con doscientas cosechas a cuestas. Las casas no tenían puertas, ni las ciudades murallas.

Antes, mucho antes que el primer Upanishim pusiera un pie en el país de Mor, Tilzim nos visitaba.

Él bajaba y se sentaba en el trono dorado de la pirámide de Mor y hablaba a los hombres. Enseñaba su sabiduría y cantaba con nosotros, sus pequeños. Porque para Él, no eramos más que niños. Y todo lo que los Upanishim saben, lo aprendieron de Él. A cantar con el viento, a multiplicar las plantas y los árboles, a domeñar las criaturas, a preparar la uva y a respetar la guarida del león. A seguir el paso de las estrellas en la cúpula y a predecir la crecida de los ríos.

Todo nos lo enseñó sin pedir nada a cambio. Todo nos lo regaló con infinita benevolencia. Pero cuentan las diez mil tablas de Khorsabad, que los Annunaki, saliendo del abismo, envilecieron el corazón de los hombres para pudrir Su creación. Y los hombres prestaron sus oidos a los Annunaki. Y construyeron murallas, y carros y tomaron bestias de las llanuras y montaron sobre ellas para hacer la guerra y combatieron entre sí con todo lo que encontraron que les fuera útil para matar y dañar.

El odio anidó en sus corazones y sus mentes cayeron en la obscuridad del abismo. Un día, Utama de Eridu rompió el sello de la pirámide y robó las tablas que custodiaban los sacerdotes. En su palacio de piedras negras, combinó las enseñanzas de todos los Upanishim y guardò en un arca dorada, todo el fuego del sol. Utama llamó a la guerra a su enemigo Enkil y en el atardecer del quinto día de batalla, se abrió el arca maldita.

Entonces el fuego se derramó por la llanura en un suspiro. En una extensión equivalente a cinco meses de marcha, no quedó árbol, hombre o animal en pie, ni casas ni murallas ni hierba, sino cenizas y humo que cubrieron el sol durante días. Los que no fueron calcinados por el fuego de Utama, caían muertos días después, quemados por dentro.

Los hombres que sobrevivieron huyeron hacia el norte, hacia el sur, hacia el este y el oeste, porque la tierra de Mor había quedado cubierta de cenizas. Y Tilzim habló a los hombres, una úlitma vez, y dijo: "No verá el hombre mi rostro ya en la tierra de Mor, ni en Eridu ni en el país de Kemet, porque sus corazones han negado mis enseñanzas y oído a los Annunaki. Que el sol retroceda pues y que los hombres anhelen su calor que les será negado tres veces y una vez concedido. Y la tierra será un páramo estéril hasta que los niños que la habitan comprendan el secreto de la vida".

Entonces, Tilzim buscó a Nohir, escriba del templo y le dijo: "Nohir, tú conoces la compasión, toma arcilla y escribe, de mí para los hombres: "Yo soy Tilzim, tu Dios, y no abandonaré a mis criaturas. Andaré errante entre el cielo y la tierra y bajaré nuevamente para pesar el corazón de los hombres. Entonces los pondré a prueba y sólo los justos vivirán de verdad. Ve y dile a los hombres que volveré".

-"¿Cuándo, mi Señor, volverás y cómo sabremos que has regresado?".
-"El Tiempo es mío. Esperen, que vuelvo. Cinco mil cosechas contarás, y cuando la estrella se mueva en el horizonte, y se detenga, allí los que caminan con justicia me encontrarán".

Así lo cuenta Numlil, como está escrito en las tablas de Mor, en el palacio de Khorsabad, según lo escuchó de las gentes del Libro, los que creen en un solo dios.

lunes, octubre 09, 2006

La noche

La noche ejerce en mí una fascinación sensual. Pero no cualquier noche, no. Una como la de hoy: casi estival.

No se trata de un ansia carnal, casi vulgar, sino más bien de una atracción por lo crepuscular. Es una obsesión onírica la que me seduce desde la obscuridad. Cuando cae el sol, en primavera y en verano, algo primitivo resuena en mi interior. Resabios, tal vez, de un Revenante oculto en las páginas de mis genealogías.

La obscuridad me estimula. La mente se agita, busca salidas inesperadas de la prisión somática que la mantiene en su sitial diurno. Cuando camino, (siempre por calles arboladas, preferentemente por las que aún conservan esos viejos caserones que hicieron famoso a Belgrano) puedo respirar las hojas de los árboles, el polen de los capullos que se abren a la luna y a los insectos, las emanaciones de la tierra húmeda, la voluptuosidad de la piel sin ropa de los que me cruzan.

Entre los pliegues de la noche me filtro, y me inmiscuyo en el mundo surrealista de las criaturas prohibidas, de los temores ancestrales, del terror de los antiguos. La negrura se densifica, casi como una bruma que me rodea. Los sentidos se agudizan: ahora puedo oír rumores transmitidos de unos a otros entre los árboles, puedo percibir los ominosos movimientos de ciertos objetos inanimados que, libres ya de vigilancia humana, despliegan su actividad noctámbula con escalofriante falta de pudor. Descubro la mirada de gorriones y palomas que me observan con sigilo desde las oquedades de los plátanos. Entre ellos se mueve una sombra más negra que el abismo, pero sólo yo la presiento. Y ella a mí.

Deambulo así sin rumbo fijo, a la deriva entre las brumas opacas que toman por asalto el barrio como un ejército en emboscada, como un depredador experimentado. Transito de un mundo a otro embriagado de noche espesa y sinuosa. En su seno anidan misterios inescrutables que se niegan a los profanos diurnos, y que si se revelan indebidamente, se esfuman en el aire.